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jueves, julio 19, 2007

El barbero de Sevilla en Bellas Artes


Balcón original de Rosina, en Sevilla, España, a donde dice la leyenda que Almaviva le llevó serenata. Foto: éoN.

Posteo mi crítica de la puesta 2007 de El barbero de Sevilla en BA. Éxito de público, desastre según la crítica especializada. Una de las dos partes no está viendo las cosas bien. ¿Cual será? ¿Quién ofrece los mejores argumentos?, ¿a quién creerle?: that-is-the-question. Y preguntas, muchas preguntas, es lo que me arrojó, en lo personal, escribir esta crítica.


El barbero de Sevilla en Bellas Artes
Por José Noé Mercado


La colonización de la Compañía Nacional de Ópera comenzó, en el Teatro del Palacio de Bellas Artes, los pasados 1, 3, 5, 8, 10, 12 y 15 de julio, con la presentación de siete funciones de El barbero de Sevilla de Gioachino Rossini, en un montaje importado del Teatro Colón de Buenos Aires.

Esta producción es, por así llamarle, el comienzo de la puesta en escena del acuerdo de colaboración firmado entre la CNO y el Teatro Colón, que en México, en rigor, se ignora en qué consiste a ciencia cierta. ¿Se trata, simplemente, de un contrato de arrendamiento de producciones? ¿Es el pago de este alquiler una colonización de nuestra ópera? ¿Será una erogación, un gasto, a cambio de presentar puestas en escena que luego de ello no dejarán acervo de montajes, no acrecentarán el repertorio de producciones, ni acarreará otro beneficio tangible fuera de salir del paso en la presentación momentánea de ópera en nuestro llamado máximo recinto artístico?

Las respuestas a estas preguntas no son, o no deberían ser, asuntos menores, pues de ellas depende saber si la CNO asume con esta colonización, que continuará de menos con Diálogo de Carmelitas y La ciudad muerta, su incapacidad, ¿económica, artística, administrativa, imaginativa?, para producir ópera, función principal, y razón de ser, de su existencia. ¿La renuncia de José Areán —no anunciada oficialmente pero presentada de facto entre la cuarta y quinta función de estos Barberos—, a la dirección general de la CNO, y que hasta el momento de escribir estas líneas no se sabe si fue, o será, aceptada o rechazada por las altas autoridades culturales de México, tendría que ver con todos estos asuntos, o con la calidad de lo ofrecido al público en esta producción?





Caminito

Porque en última instancia, este Barbero de Sevilla que contó con la dirección escénica, escenografía e iluminación de Willy Landin, independientemente de que ubica la obra más en la entrada de Caminito, en el barrio de la Boca, en los años 50, que en la Sevilla de finales del dieciocho, dándole así una lectura más o menos fresca, cierto: no en todo momento congruente e hilvanada en sí misma, ¿es una producción que justifica el gasto de seis millones de pesos por traerla a Bellas Artes? ¿No se hubiese podido hacer algo líricamente presentable y digno con ese dinero, o con menos, para producir un montaje nacional que incluso se quedara en nuestro país para futuras reposiciones? ¿Con base en qué se optó por esta decisión: fue lo más barato, lo más práctico, lo más brillante, lo mejor? Puesto que aun cuando este montaje del Barbero del Colón tiene pasajes logrados, y otros malogrados, en su confección que recurrió más al entramado de sketches que a una concepción y discurrimiento integral de la trama, es decir que se ajustó a la medianía operística que últimamente se presenta en Bellas Artes, ¿era nuestra mayor necesidad traerlo desde el Cono Sur? ¿Quién salió beneficiado, en concreto?





Rossini


Unas líneas, ahora, del elenco que fue, igualmente, irregular. El rumano George Petean interpretó un Fígaro de buena factura vocal, más taita, más bacán, que factótum, producto de la dirección escénica de Landin, que hizo de Rosina una paica fresa, más lolita: con todo y apapachos a su osito de felpa —quizá de ahí la atracción real que ejerció sobre Almaviva—, que ingeniosa y aguzada. Alternaron funciones en este rol las mezzosopranos Nancy Fabiola Herrera, española que mostró buenas cualidades en la zona aguda y ligereza en las coloraturas, y Carla López-Speziale, compatriota destacada en las agilidades, escénicamente una mezcla de bien portadita y caprichuda: lo que ayudó a sacar adelante la concepción impuesta a su personaje, aunque en la región alta de su registro enfrentó algunos problemas de descompresión.

Para abordar al Conde Almaviva se importó al tenor Brian Stucki, de voz diminuta, acento norteamericano, y nivel acaso estudiantil. Histriónicamente se desempeñó, sin embargo, con mayor desenvoltura que el mexicano Rogelio Marín, alternante del rol en dos funciones, con instrumento más audible si bien con algunas desafinaciones en el pasaggio, pero de actuación más bien chata, cuyos momentos más graciosos resultaron algo involuntarios, en el segundo acto, haciéndose pasar por don Alonso, cuando parecía caracterizado de una fusión jipiosa de Pablo Milanés y James Levine.


Beaumarchais

Para interpretar a Don Bartolo se importó también al barítono catalán Enric Serra, de relevante trayectoria internacional, pero que podría considerarse, en términos coloquiales, lo que se dice un cartucho quemado. Es decir, aunque simpático en escena, vocalmente ya no tiene nada qué ofrecer, razón por la cual se llamó de emergente, al sacarlo de la jugada y tratar de remediar la situación, al bajo-barítono mexicano Arturo Rodríguez, quién aun cuando tiene una voz interesante, será con más oportunidades, como ésta, que logre la soltura escénica que realce su trabajo.

Y a todo esto, ¿quién contrató a Stucki y a Serra? ¿Acaso no los oyeron antes? ¿Se puede ser directivo y confiar a ciegas en los agentes y hacer el trabajo, o creer que se hace, desde el escritorio? Por lo visto, no. Por lo escuchado, menos.

Las intervenciones más sólidas y convincentes correspondieron al Don Basilio del bajo Rosendo Flores, como siempre confiable y correcto, a la mezzosoprano Gabriela Thierry como Berta, la más desparpajada de cuantos aparecieron en escena, y al barítono Roberto Aznar como Fiorello, este par de cantantes con buenas interpretaciones pese a la brevedad de sus roles. O quizá por ello.




Rossini

Al frente del Coro y la Orquesta del Teatro de Bellas Artes se contó con la batuta del italiano Marco Balderi, quien, con acertado estilo rossiniano a decir verdad, a lo largo de las funciones enfrentó problemas en el balance sonoro entre la música y los cantantes quienes por ratos en definitiva no se oían, y en los tiempos que no lograron ser del todo eficientes según la emisión de los solistas.

El vestuario de Luciana Gutman estuvo al servicio de la puesta en escena de Landin, que, por lo que respecta a la iluminación, permaneció en constante penumbra, sin reflejar la brillantez y jocosidad de la trama y la partitura. Lástima.

Al finalizar estas funciones es válido preguntar si la gente se divirtió con este Barbero de Sevilla en Bellas Artes colonizado y la respuesta es que, en general, sí, salió contenta del teatro pues este título se defiende solo, pase lo que pase, cante quien cante, dirija quien dirija. Pero que en general así haya sido no significa que todos lo hayan aplaudido. No.
Baste con citar, por ejemplo, más allá de si hubo abucheos o no en algunos sectores del público, la contundente contestación que, durante la última representación, una gemelita dio a su mamá, que pedía a sus dos pequeñas, que no pasarían de los cinco años de edad, ambas con vestido blanco y estampado de manzanitas, que se rieran con esta ópera, puesto que era justamente para que se divirtieran: —Pero ma, ¿de qué quieres que me ría si todo esto son puras babosadas?

martes, julio 10, 2007

Encontrar

Y, ya en éstas, posteo el clip del tema central de Se arrienda. "Encontrar". Te perdiste en un momento, te escondiste en un lugar, donde ya sólo hay pretextos... Este clip debería dedicarlo a la persona que hace 4 posts dije que aludían unas papas fritas. No sé. Igual y sí. Bueno, sí.

Trailer: Se arrienda

De paso, aquí dejo el trailer de Se arrienda. ¿Qué pasa cuando la vida no resultó ser como soñabas? La pregunta, al menos, es un caso de conciencia. Porque bueno, me consta que hay quienes no se han dado cuenta de nada...

¿Bienvenido al sistema?

Una escena de Se arrienda, la peli de Alberto Fuguet. ¿Ética, idealismo, congruencia, honestidad? Cuando el sistema abre sus puertas, ¿quién se resiste a entrar? Este post está dedicado, desde luego, a Papapa-Myr. Ojalá lo vea.

lunes, julio 09, 2007

Playa



"...Y entonces a mí me dolía la cabeza y me iba de la playa, comía en el Paseo Marítimo, una tapa de anchoas y una cerveza, y después me ponía a fumar y a mirar la playa a través de los ventanales del mar, y luego volvía y allí seguían el viejo y la vieja, ella debajo de la sombrilla, él expuesto a los rayos del sol, y entonces, de manera irreflexiva, a mí me daban ganas de llorar y me metía en el agua y nadaba, y cuando ya me había alejado lo bastante de la orilla miraba el sol y me parecía extraño que estuviera allí, esa cosa grande y tan distinta de nosotros, y luego me ponía a nadar hasta la orilla (en dos ocasiones estuve a punto de ahogarme) y cuando llegaba me dejaba caer junto a mi toalla y me quedaba mucho rato respirando con dificultad...".



"...Y luego me levantaba, me ponía la toalla como capa y me iba a sentar en uno de los bancos del Paseo Marítimo, en donde fingía quitarme la arena que no tenía de las piernas, y desde allí, desde esa altura, la visión de la pareja era distinta, me decía a mí mismo que el tiempo tal vez no existía tal como yo creía que existía, reflexionaba sobre el tiempo mientras la lejanía del sol alargaba las sombras de los edificios, y luego me iba a casa y me daba una ducha y miraba mi espalda roja, una espalda que no parecía mía sino de otro tipo, un tipo al que aún tardaría muchos años en conocer...".




"...Y al día siguiente vuelta a lo mismo, la playa, el ambulatorio, otra vez la playa, los viejos, una rutina que a veces interrumpía la aparición de otros seres que aparecían en la playa, una mujer, por ejemplo, que siempre estaba de pie, que jamás se recostaba en la arena, que iba vestida con la parte de abajo de un bikini y con una camiseta azul, y que cuando entraba en el mar sólo se mojaba hasta las rodillas, y que leía un libro, como la vieja, pero esta mujer lo leía de pie, y a veces se agachaba, aunque de una manera muy rara, y cogía una botella de pepsi de litro y medio y bebía, de pie, claro, y luego dejaba la botella sobre la toalla, que no sé para qué la había traído si no se tendía nunca sobre ella y tampoco se metía en el agua, y a veces esta mujer me daba miedo, me parecía excesivamente rara, pero la mayoría de las veces sólo me daba pena, y también vi otras cosas extrañas, en la playa siempre pasan cosas así, tal vez porque es el único sitio en donde todos estamos medios desnudos..."




"...Y cuando pensaba lo que acabo de decir, ocultaba la cabeza entre las manos y me ponía a llorar, y mientras lloraba soñaba (o imaginaba) que era de noche, digamos las tres de la mañana, y que yo salía de mi casa y me iba a la playa, y en la playa encontraba al viejo tendido sobre la arena, y en el cielo, junto a las otras estrellas, pero más cerca de la Tierra que las otras estrellas, brillaba un sol negro y silencioso, y yo bajaba a la playa y me tendía también sobre la arena, las dos únicas personas en la playa éramos el viejo y yo, y cuando volvía a abrir los ojos, me daba cuenta de que las putas rusas y la chica que siempre estaba de pie y el ex yonqui con el niño en brazos me contemplaban con curiosidad, preguntándose acaso quién podía ser aquel tipo tan raro, el tipo que tenía los hombros y la espalda quemados, y hasta la vieja me observaba desde la frescura de su sombrilla, interrumpida la lectura de su libro interminable por unos segundos, preguntándose tal vez quién era aquel joven que lloraba en silencio, un joven de treintaicinco años que no tenía nada, pero que estaba recobrando la voluntad y el valor y que sabía que aún iba a vivir un tiempo más".
"Playa"
El secreto del mal
Roberto Bolaño
Anagrama, 2007

sábado, julio 07, 2007

Fin de sem en Cancún

La semana pasada estuve en Cancún, Quintana Roo. En los asuntos por los que fui, me fue bien. Muy bien. Pero el sol me quemó la piel. Mucho. Me expuse demasiado, note. Sigo embaburnado de cremas y geles para aminorar el ardor y la comezón. Ay, es horrible. Tomé algunas fotos, como podrá verse. Pensaba escribir alguna especie de crónica de viaje, pero me abstengo, más que nada porque al estarme descarapelando no soporto la picazón. Es como si la piel quisiera quebrarse y encima la clavaran con agujas. Dejo unas fotos y si acaso pongo algunos pies, no más.


Pese a lo que me dicen las quemaduras, el sol, en realidad, nunca estuvo tan intenso. De hecho, algún día estuvo nublado. Y en otro incluso cayó una tormenta. Había bandera roja, en la playa.


Ya conocía Cancún, pero hacía rato que no iba. No me fascinó. Sólo hay mar, mucho mar y hoteles, muchos hoteles, y malls, todos idénticos. Por momentos pensé que Cáncún es, en realidad, un desierto. Un desierto con mar. Tiene lógica, porque, además, no soy fan de lo marino.


Sí, se disfruta el paisaje. Un rato. No voy a negar eso, pero ¿y luego? Y luego uno debe seguir en el mismo contexto. Con el paso del tiempo uno mismo se vuelve parte del paisaje y si lo percibe puede tenerse una sensación francamente desagradable y monótona que se pega a uno como la arena de la playa en el cuerpo.


Cierta vez una amiga, soprano para más detalles, me dijo que era una auténtica rata de asfalto citadino, urbano. Me acordé de esa amiga tirado en la playa, donde no hay mucho más qué hacer que no hacer nada. De repente me entretenía mirando el no hacer nada de los demás, pero luego me aburría y ni siquiera experimentaba esa ansiedad del ocio. Incluso me invitaron a jugar al vólibol de playa, pero ese mal posmoderno de considerar que las cosas no son buenas ni malas sino que simplemente no vale la pena hacerlas, se apoderó de mí.
Aunque la hotelería -cuya arquitectura parece artificialmente obsesionada con la forma piramidal como para estar en la onda maya- intenta que el huésped se sienta como en casa sin en realidad estar en casa, el huésped nunca está en casa y eso se nota. Tanto servicio, tanto hacerte sentir cómodo, que uno se siente incómodo, churrigueréscamente atendido. En cada una de mis camas, tenía dos king-size en el cuarto, había 10 almohadas que, por supuesto, terminaron en el suelo, más que todo porque yo no tengo tantas cabezas.


Junto al mar, uno puede estar encantado o puede estar desencantado. Como en todos lados, supongo. Pero eso de que en el mar la vida es más sabrosa no es necesariamente cierto. Es más, puede ser descaradamente falso. Porque uno, en contacto con la naturaleza, comprende, de pronto, las dimensiones desmesuradas de la existencia. Lo inconmensurable puede ser una ventana a la locura.


El mar de Cancún puede presentar unos matices de azul muy bellos. Pero a ratos también puede parecer un charco de pulque o de leche descremada, deslactosada y ligth. Hubo un momento en que pensé en la canción "Alfonsina y el mar", o mejor dicho en una Alfonsina que se adentraba en un mar de pulque, desde una playa reconstruida casi comercialmente luego de un huracán, como el que hubo hace un año aquí en Cancún y la escena me pareció un tanto como sacada de una Scary movie. Bueno, es que tirado en la playa no se puede pensar muy en serio o al menos no se busca mentalmente sino entretenerse con algún chicle cerebral que haga pasar el tiempo, como si éste no pasara tan rápido en la vida.


Cancún no es un sitio para pobres. Es muy caro y más lo es si uno se empeña en pagar en pesos y no en dólares. Aquí la moneda nacional como que no queda del todo claro cuál es. Esto mismo es algo que le da prestigio a la región, pero al mismo tiempo es el motivo de que nunca termine por ser un sitio del todo amigable. Se entiende que uno está de visita, nomás. De paso. Que no estará para siempre, pensamiento que a la larga resulta reconfortante. Un litro de agua enbotellada cuesta nueve dólares. Una bolsa de papas fritas (de las que por cierto me dieron un par de bolsas en el lunch del avión, ida y vuelta, lo cual francamente fue insoportable porque las Sabritas me aludieron a una persona cuyo comportamiento en los últimos tiempos podría calificarse de despreciable e infrecuentable) cuesta seis billetes verdes. Por supuesto no compré las Sabritas y demostré que no sólo sí puedo comer sólo una, lo que es contrario a su slogan, sino que también pude dejar de comerlas.

Sí, el tema de las mujeres no podía quedar fuera, y menos teniendo cerca un sitio llamado Isla mujeres donde, en efecto, hay mujeres. Y más que de mujeres, puede decirse que de lo pretendo reflexionar aquí es sobre el cuerpo humano y la desnudez. Llegué a una conclusión extrema. En la playa el cuerpo humano es menos excitante y atractivo que en una ciudad o en un pueblo o en una ciudad pueblerina. Cuando alguien está vestido, si nos atrae, su atractivo consiste en disfrutar su figura vestida e imaginar cómo sería, en un momento dado, sin ropa. Pero cuando alguien anda en tanga o en topless o en bikini, el encanto de producir el deseo es sustituido por la realidad, ni más ni menos. Uno observa todo lo que quiere observar y en ocasiones encuentra lo obvio: que todas las mujeres, y todos los hombres, tenemos lo mismo, más feo o más bonito, más o menos celulítico, más o menos ejercitado. Eso tan igualitario en lo humano, puede ser decepcionante, muy decepcionante y shockeante, en lo erótico, en lo amoroso, en lo lujurioso, donde uno aspira a algo único, especial, irrepetible. Vi muchos cuerpos hermosos. Vi muchas mujeres frondosas. Y confieso que sólo una mujer me llamó la atención realmente. Sólo una fue la que hubiese querido reencontrar ya en la ciudad, vestida, para dibujar su desnudez y tragar su unicidad. Y, curiosamente, lo que me llamó de ella fue más que su cuerpo, su rostro.
Aunque ahora mismo no estoy seguro si aquel cuerpo de mujer fue real, o si ya estaba insolado y tuve un espejismo.


Todo blogger y cibernauta tiene una autofotografía como ésta. Yo ya tengo la mía. Me la tomé en Cancún, matando el tiempo, en espera de volver por fin a casa.

Pepe Espinosa: qdep


Este miércoles 4 de julio falleció a los 59 años de edad el cronista deportivo Pepe Espinosa (conmigo en la foto, a la derecha). Por una neumonía, complicación de cáncer linfático. QDEP. Es rara la sensación de que muera alguien que de alguna manera fue cercano, y la televisión hace muchas cosas cercanas aunque no lo sean precisamente. Con la narración de Pepe Espinosa vi cientos de partidos de fútbol americano, básquetbol, comerciales de diversos productos. Algo de uno muere también en esos casos. La muerte, la muerte, siempre inexplicable y dolorosa.

lunes, julio 02, 2007

Pro Ópera julio-agosto 07


Salió ya la Pro Ópera de julio-agosto de 2mil7. Debe consultarse. En Internet está la versión electrónica, que no es lo mismo que tenerla en papel pero en cambio trae bonus tracks como las secciones Otras voces y Ópera en el mundo: Ópera en el Met, Ópera en América y Ópera en Europa.

Hay que checarla. Mío vienen: crítica de Orfeo en BA, columna Ópera en México y una entrevista que me latió bastante con el barítono internacional Alfredo Daza.

Además la página de Pro Ópera está estrenando diseño. Quedó muy bien.

jueves, junio 21, 2007

Pasado, futuro


"Las lágrimas que le habían amenazado durante todo el día la invadieron súbitamente y Wendy, envuelta en el vapor fragante y rizado de la tetera, estalló en un llanto lleno de dolor y pérdida por el pasado, de terror ante el futuro".
El resplandor
Stephen King

viernes, junio 01, 2007

Musicadicto, operófago, iconoclasta


El profesor y periodista José Alfredo Páramo me entrevistó para el periódico El Economista sobre mi gusto x la música y la ópera. Fue un diálogo q disfruté harto y q hoy se publicó en las páginas del suplemento cultural, deportivo y de entretenimiento La Plaza.

Inevitablemente varios subtemas, detalles y precisiones se quedaron en el escritorio x razones de espacio. Páramo me anunció, sin embargo, q más adelante habrá una segunda parte. "Tienes mucha cuerda", dijo. Yo pensé q quizá sería preferible, antes q tener mucha cuerda, estar más cuerdo, pero supongo q eso no depende de uno.

En todo caso, ya se publicó esta primera parte y es el motivo de este post. Igual se puede consultar cibernéticamente en el sitio de La Plaza: aquí esta el link directo, aunque ahí no vienen las fotos q me tomó Cri Rodríguez.

Gracias a José Alfredo y a Cri. Posteo la entrevista y algunas imágenes:



Charlas con melómanos
José Alfredo Páramo


José Noé Mercado. Musicadicto, operófago, iconoclasta

-¿Desde cuándo eres melófilo? -pregunto al hombre que, cuando fue mi alumno en la clase de Ensayo, se ponía a leer a Nietzsche y solía responder a mi reclamo con la coartada inverosímil de que estaba escuchando atentamente mi disertación.

-Desde antes de tener conciencia de serlo. No te contaré cuentos como eso que 'desde que estaba en el vientre de mi madre' o 'desde que era la simple pero emocionante víspera de unión entre un óvulo y un esperma'; pero cuando pienso en mi infancia debo decir que siempre escucho música de fondo. En cualquier fragmento de mi existencia que intento evocar había música... también en clases, enchufado a los audífonos de mi reloj con radio incluido, contraviniendo abiertamente las reglas, pero sin dejar de prestar la debida atención a los profesores".

-¿Cómo diste con la música popularmente conocida como clásica?

-Mi curiosidad, que quienes me conocen a veces adjetivan de morbosa y obsesiva, hizo que un buen día, siendo ya puberto, me topara con la música clásica. Mi primer contacto con ella fue a través de los Conciertos de Brandenburgo de Bach. No estuvo mal para una primera vez, ¿cierto?

"Nunca he dejado mis filias hacia los géneros populares. La música es música con etiquetas o sin ellas. Me interesa la música popular argentina, la española, la estadounidense, la peruana, la francesa, la italiana, la sueca...

"Por decir algo, de la mexicana algo conozco de Alfonso Ortiz Tirado a Valentín Elizalde; de Juanito Arvizu a Paquita la del Barrio; de Pedro Vargas a K-Paz de la Sierra; de Joan Sebastian a Erasmo Catarino; de Juan Gabriel a Yuridia..."

-¿Cuándo te convertiste en "operópata", término que se empeñan en utilizar tus colegas y amigos, quienes tienen el lema de "Operópatas del mundo, uníos"?

-Déjame decirte que ese nombre de operópata siempre me ha parecido denigrante y de mal gusto. Es un buen insulto, ¿no? Pero bien, pongamos buena cara: lo asumo, me pongo la camiseta y me solidarizo con el gremio. Tanto, que acuñé un sinónimo lejano, el de operófago.

"Precisiones y nombres al margen, mi afición por la ópera vino poco después de que Bach me sedujera hacia la música clásica. Pienso que ese idilio lírico era lógico e inevitable porque idealmente, en la ópera se conjugan, entre varios elementos más, la música y la literatura, dos de mis grandes fascinaciones, que se fusionan a su vez con una tercera: la voz humana cantada.

"El primer cedé del género que mi morbosa y obsesiva curiosidad me llevó a comprar fue un Rigoletto, el de Milnes-Pavarotti-Sutherland-Bonynge. Otra buena primera vez, por lo demás de la mano de Verdi, ¿verdad?

"Me aficioné también al programa radiofónico de Jacobo Morett, Joyas líricas, y al de Claudio Lenk, que en paz descanse, llamado Arte lírico. Aprendí mucho de ellos dos y con el paso del tiempo se convirtieron en amigos personales".



-¿Cómo decidiste estudiar periodismo?

-Después de estudiar cada vez con menos convicción la carrera de administración de empresas turísticas, ingresé en la Escuela Carlos Septién García para cursar la licenciatura. La escogí un tanto para encontrar las bases para acercarme a todos los ámbitos que me interesan. Ahí te conocí: una serendipia auténtica. Me interesaban el periodismo político, el económico, el financiero, el deportivo, el policiaco... pero tú me encontraste aptitudes para el periodismo cultural.

"Del periodismo cultural salté al especializado en ópera. Me convertí en entrevistador y crítico. Fui invitado a la Unión Mexicana de Cronistas de Teatro y Música, de la que soy su miembro más joven".

-Me consta que eres un amante de la ópera que no se quedó, como la mayoría de ellos, en el bel canto ni cree que el género se extinguió después de Verdi, Puccini y, si acaso, Wagner.

-Para ser operópata no está mal, ¿cierto? Y es que la ópera como género cumplió cuatro siglos y hay más de 100,000 títulos. No encuentro razones suficientes, fuera del mero gusto o de que éste sea como esos viejos discos que se rayaban, para limitarme a frecuentar un periodo o un compositor determinado en lo que se escucha.

"A mí me interesa que me cuenten historias y me interesa la música; es decir: conocer una historia narrada musicalmente, así que estos ingredientes, con mayor o menor calidad, puedo encontrarlos lo mismo en una ópera de Jacobo Peri, Claudio Monteverdi o Gaetano Donizetti, que en una de Daniel Catán, Franz Schreker, Aribert Reimann o Thomas Adès. O de plano en una ópera heavy-metal como Ania o Avantasia.

"Por el contrario, lo que ocurre con muchos operópatas es que se acercan a la ópera por el virtuosismo canoro, las chiclosas cabalettas, porque les encanta Pavarotti en el 'Nessun dorma' o sencillamente porque alucinan con el supuesto súmum opereto de Maria Callas.

"Entre las óperas que me atraen como si fueran mis favoritas se encuentran aquéllas en las que participan mis amigos y amigas que admiro profundamente. O aquéllas que interpretan mis entrevistados".


-¿Tu discoteca?

-Mis filias son cíclicas. Mis fetiches operísticos en cedé o devedé, por llamarlos de algún modo, orbitan. O lo que es lo mismo, a veces están arriba en mi discoteca, en otras están abajo. Desconfío de esas discotecas asépticas y apolíneas; mejor dicho: desconfío que sus dueños realmente las escuchen o las vivan.

"Aunque se añaden constantemente algunos discos a mi colección, otros se han perdido, o no me los han devuelto, o los he regalado, o en ocasiones desaparecen a manos de mi sobrino Edgar Ahllan, por todos conocido como Papelucho, sin que yo lo sospechara. Todos ellos cohabitan con mis libros en un singular caos por todo mi estudio".

-¿Y la novela que estás por publicar?

-No en balde nací el mero 22 de noviembre, día de Santa Cecilia. Muy pronto se publicará mi reciente novela, que tiene como escenografía el género operístico, con todo y óperas heavy-metal y postmodernas para tortura de los puristas.

"Nació de mis grandes fascinaciones: la música y la ópera así como de la necesidad de que se expresen en códigos actuales y no sólo en los que marca la tradición y el conservadurismo. Recuerda que soy un iconoclasta.

"Originalmente, se intitularía El eco de tu voz, pero hoy se llama Colisión en la ópera. El editor insistió en cambiar el título, el cual le pareció más comercial. Lo que sí te aseguro es que me entusiasmó profundamente escribirla. ¿El argumento? Ya tendrás oportunidad de conocerlo. Aunque tú no eres un iconoclasta como yo, estoy seguro de que te gustará".

lunes, mayo 21, 2007

L´Orfeo en Bellas Artes


Posteo mi crítica sobre lo ocurrido en BA, con la ópera L´Orfeo de Monteverdi.

Cierto crítico súper fandom, profundamente digerati y friki, q a veces se desboca pero a veces acierta en sus palabras, se regocijó pronunciando un estribillo x todas partes al salir del Teatro del Palacio de BA, q me parece afortunado, desafortunadamente para los operófagos: "Orfeo, Orfeo, ay, qué feo".

Quizá todas las críticas, las serias, pudieron partir de esta premisa, lo q es un tache unánime, o casi, para la CNO. Lástima. Va:


L´Orfeo en Bellas Artes
Por José Noé Mercado

Un llano comparativo: mientras en el béisbol un pitcher casi de inmediato es reconvenido —o relevado previa reunión en el montículo—, cuando no atina a pasar ninguna bola por la zona de strike o bien porque los bateadores agarran a palos sus envíos, en la Compañía Nacional de Ópera no ocurre nada si su lanzador, o equivalente, envía bolas que poco tienen que ver con la ópera (oratorio Cristo en el Monte de los Olivos), o sí, mucho: pero a medias (L´Orfeo sin puesta en escena), causando todo tipo de decepciones y enfados en el ambiente lírico cercano a Bellas Artes, así sea en sectores de la misma comunidad artística, en el público, o en la crítica especializada.

Esta reflexión se desprende luego de la decisión de la CNO, encabezada por José Areán, de presentar en concierto, a cuatrocientos años de su estreno como obra y casi surgimiento como género operístico, la fábula en música L´Orfeo de Claudio Monteverdi (aunque en la versión libre, muy libre y por tanto adulterada, de Ottorino Respighi), los pasados 6, 8 y 13 de mayo, en el Teatro del Palacio de Bellas Artes.

Más allá de la curiosa forma de celebrar o recordar o conmemorar el nacimiento de esta partitura y en buena medida de la ópera misma (¿por qué no presentar, sencillamente, la versión original de Monteverdi, si incluso Areán ya había prometido a algunas personas en privado traer la producción que recientemente se escenificó en Guadalajara, Jalisco, bajo la dirección musical de Horacio Franco aun cuando la puesta en escena no le convenció del todo?), el inicio de la actual administración de la CNO se ha caracterizado por su tono francamente grisáceo en el que no se ha presentado ópera o no como Dios manda. Explico la frase:

El publico que asistió a esta serie de presentaciones de L´Orfeo, además de encontrarse con una tediosa versión de concierto que precisamente desvinculó aquello que Monteverdi y poco antes que él la Camerata Florentina unió haciendo surgir la ópera, es decir el teatro con la música, padeció, en general, una interpretación vocal sosa, entubada y estreñida (¿ése habrá sido el estilo que creyeron requería la partitura?), y musicalmente pesada, gruesa, de aburrición notable en la gente, mucha, que no pudo soportarla y se quedó dormida en su butaca para envidia de los que seguían en vigilia o de quienes de plano padecen insomnio.

Nuevamente hubo que cuidarse en Bellas Artes de los cabezazos de los durmientes, un espectáculo por demás triste y cuestionable, o que debería ser cuestionable: ¿Para eso se hace ópera? ¿Está bien hecha, es válida, cuando no es siquiera capaz de entretener a quien la presencia? Suponemos que no, pues de lo contrario no hubiese llegado a su cuarto siglo de vida. ¿No es la ópera, justamente, el espectáculo sin límites? Sí, lo es. O casi. Pero, quizá, lo que pasa es que, parodiando el título de la novela de Kundera, “la ópera está en otra parte”.

Si bien puede reconocerse que casi todos los cantantes cumplieron sus roles con compromiso, muchos no pasaron de ello: de cantar por puro compromiso. El barítono Jorge Lagunes, como Orfeo, por ejemplo, se anunció enfermo y así se le escuchó (lo cual siendo el protagonista no es poco lamentable: como unos quince años sin quinceañera), mientras que artistas como la mezzosoprano Carla López Speziale (La música, La esperanza, Pastor II), el tenor Octavio Arévalo (Pastor I) o los también barítonos Josué Cerón (Pastor III) y Guillermo Ruiz (Caronte, Plutone, Espíritu IV), requerían del teatro, de la proyección escénica de la palabra, y de los recursos que se pueden utilizar como forma de expresión en ella, para poder ya no digamos exponer su arte, sino, al menos, salir del letargo en que cayó, o del que más bien nunca salió, la ejecución de este L´Orfeo.

Dos intérpretes deben, sin embargo, destacarse puntualmente. En primer sitio el tenor Óscar de la Torre (Apolo, Espíritu III), por su entrega y enjundia, por asumir que aún los breves roles pueden cantarse con pundonor artístico apreciable. Y, en segundo, la mezzosoprano Belem Rodríguez (Silvia, Mensajera, Espíritu II, Pastor IV), quien dio prueba de una emisión cuidada, de un buen manejo técnico de su instrumento y de canto bello, lo que no fue poco en el contexto de estas funciones.

Al frente del Coro (preparado por Pablo Varela) y la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, Guido Maria Guida volvió a demostrar que es un wagneriano reconocido.

Independientemente de que, quizá, la cuenta para Areán (si ahora lo viéramos como bateador y no como pitcher, y considerando que Marina aún fue despachada por su antecesor Raúl Falcó) es un strike (Cristo en el Monte de los Olivos), y un foul (este L´Orfeo: porque sin escena el batazo no cae en fair ball, ¿o sí?), es decir dos strikes, al término de estas presentaciones no faltó, fue legítimo y lógico, quien preguntara por Monteverdi y por el género operístico: ¿y dónde quedaron, pues, los festejados? Nadie sabe, nadie supo. Tal vez no fueron convocados en realidad, pero ojalá que ahora que nos colonicen (con las producciones que traerán del Colón de Buenos Aires), el director de la CNO pueda, si no batear home run, al menos dar un toque de bola, que lo ponga a salvo, aunque sea momentáneamente, del ponche.

viernes, mayo 11, 2007

Pudor



Al leer a Santiago Roncagliolo experimento un inevitable clic generacional. Leí Abril rojo, devoré Pudor, leo su blog, y leí algo de Jet Lag, que es como seguir leyendo su blog. Lo seguiré leyendo, supongo. Me interesa su prosa ligera, agil, rápida, y sobre todo su perspectiva del mundo real y literario. Ronca es peruano, limeño, vivió en México y está avecindado en Barcelona, pero en sus textos se le siente cerca, tangible, a la vista, y eso en un escritor, si bien igual ha ejercido el periodismo, es un vínculo que arraiga en quien lo lee.

Posteo dos pasajes que me latieron, uno para abastecer el tema del anterior post, el otro porque la vida es así. Siempre. O casi. Van:



"...Mariana empezó a enjabonarse mientras se fijaba en las uñas de Katy. Sintió pudor. No la vergüenza de tener menos cuerpo y menos todo que el resto de la clase. No. Pudor. Sintió que prefería estar vestida ante la mirada, la sonrisa y las uñas de Katy. Se sintió invadida. Salió de la ducha bruscamente y aprovechó la toalla para envolverse en ella tapándose medio cuerpo. Así oculta, empezó a vestirse. Se puso el calzón, la falda escolar y la blusa. Ya iba a irse cuando el dolor de la barriga se intensificó. Tuvo que sentarse por unos segundos. Sintió una tenue revolución descender por su interior. Se volvió a quitar el calzón. Tres manchas de un marrón oscuro y rojizo se posaban como abejas sobre las flores de colores -(del calzón)-. Mariana se puso verde. Era la primera vez".


"...Se acomodó en la banca para mirar a la gente. Su vista era buena. Eso podía hacerlo bien. Al menos eso. Primero había dejado de servir para trabajar. Luego había dejado de servir para tener una casa. Finalmente había dejado de servir para querer. Ahora no servía ni siquiera para recordar. Sólo para mirar".

Pudor
Santiago Roncagliolo
Alfaguara 2005

miércoles, mayo 09, 2007

Más Kundera que Tunick

Varias amistades me preguntaron si participaría (o participé) en el desnudo masivo en el Zócalo del DeEfe el domingo pasado, a fin de que Spencer Tunick pudiera realizar una de sus típicas sesiones fotográficas.

No fui ninguno de los 18 mil, 19 mil o 20 mil, que sí participaron, y que batieron el récord de poseros empelotados en el mundo. ¿Por qué no participar?, me repreguntaron. Porque no soy partidario de la cosificación humana, les respondí.

Qué reaccionario, qué moralista, qué conservador, me dispararon. Prefiero, en todo caso, la pornografía a la cosificación, dije con toda calma. La pornografía, fuera de implicaciones morales relativas, vivifica al ser humano, expliqué, en cambio la masificación de cuerpos que pierden identidad, puesto que pasan a ser un número, uno entre todos iguales, más bien recuerda a un campo de concentración donde el individuo no existe. Como no existe para los Estados fascistas.

Prefiero la libido a lo lívido. Siempre.

Es que es arte, me dijeron. Yo no sé, igual y sí, pero igual y no: ¿seguro que lo es?, pregunté. El arte no cosifica, no anula, no iguala, dije. ¿Y la libertad, esa sensación de despojarte de pudores y atavismos milenarios?, preguntaron. No creo experimentarla al despojarme de la ropa, ojalá, pero sería como muy fácil, ¿no?, como cargarse de energía en Teotihuacan o algo similar, respondí. El desnudo me gusta con identidad, personal, no con difuminación de masa. ¿Y de verdad crees, pregunté, que el mundo deba voltear a ver al sur de USA porque en México, en el DeEfe, se es ejemplo de libertad y democracia como dijo Tunick luego de la sesión? Un país, dije, donde siete de cada diez personas jamás han tocado un libro, y el arte nos vale puro sorbete (y si no que se lo pregunten a los artistas), donde 60 o 70 por ciento de la población (de la que no se ha largado a USA a buscar algo mejor que lo que hay aquí) vive en pobreza o pobreza extrema, y al que una duda enorme, no dije que lo haya habido pero tampoco que no, de fraude electoral, otro, le hace más sombra que cualquier caudillo. ¿El mismo país, indolente, de las muertas de Juárez es el ejemplo?

No politices, me dijo alguien. Está bien, no politizo, dije. Quizá porque autorizar el Zócalo para la sesión de Tunick no tenga ninguna implicación política (qué curioso, y ejemplo de libertad y tolerancia, que el gobierno local sea perredista y buena parte de los poseros -como un día después de la hazaña de participar en el desnudo masificativo lo contó entusiasmado en cadena nacional, en el noticiario televisivo de Adela Micha, un ex compañero de generación en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, del que fuera de saber que trabaja en un periódico de derecha le había perdido la pista-, gritaban a coro, mientras se dirigían corriendo a la calle 20 de Noviembre para la penúltima toma, la célebre cantaleta del "voto por voto, casilla por casilla", claro que ya sin el estilo y el fondo demandante que tuviera con Andrés Manuel López Obrador, sino por echar desmadre, nomás, porque así somos los mexicanos, chacoteros, vaciladores: bullangueros), pero sobre todo, pensé, dejo de politizar porque en mi blog, saludablemente no suelo hablar de política. En su pieza uno quiere tener sólo aquello que le place y hablar de política no me place en mi blog. Supongo que hay excepciones.

Mejor, prometí, pondré algo de Milan Kundera. Algo que tiene que ver con el desnudo y el pudor, que podría recordarme sin esfuerzo la sesión de Tunick y los poseros rompe récords.

Ahora cumplo. Milan Kundera, de quien incomprensiblemente no había posteado nada en este blog escribicionista, me parece uno de los grandes novelistas pensantes (hay los que sólo narran, lo cual no está mal) del siglo 20. Es uno de mis favoritos. He leído toda su obra, toda. La leí, además, en un periodo de mi vida definitorio, denso. Y desde entonces su obra, él, se me volvió entrañable. Tengo que postear más, ya empiezo por dos fragmentos y es algo, sobre Kundera, el otro K de Checoslovaquia. El autor cuyos personajes nos demuestran, como escribiera Carlos Fuentes, que ya no es necesario amanecer convertido en escarabajo, como Gregorio Samsa, para ser tratado como insecto.

"Marchaba alrededor de la piscina, desnuda, junto a un montón de mujeres desnudas. Tomás estaba arriba en un cesto que colgaba del techo de la piscina, les gritaba, las obligaba a cantar y a hacer flexiones.

"Cuando alguna hacía mal un ejercicio, le disparaba.

"Quiero volver una vez más a ese sueño: el terror no empezaba en el momento en que Tomás disparaba el primer tiro. El sueño era horroroso desde el comienzo. Ir desnuda junto a las demás mujeres desnudas, marcando el paso, era para Teresa la imagen básica del horror. Cuando vivía en casa de su madre no la dejaban cerrar con llave la puerta del cuarto de baño. De ese modo, la madre quería decirle: tu cuerpo es como los demás cuerpos; no tienes derecho alguno a la vergüenza; no tienes motivo alguno para ocultar algo que se repite en decenas de millones de ejemplares. En el mundo de la madre todos los cuerpos eran iguales y marchaban en fila uno tras otro. La desnudez era para Teresa, desde su infancia, el signo de la uniformidad obligatoria del campo de concentración; el signo de la humillación.

"Y aún había otro horror, nada más empezar el sueño: ¡todas las mujeres tenían que cantar! No era sólo que sus cuerpos fuesen iguales, igualmente despreciables, que fueran meros mecanismos sonoros sin alma, ¡sino que además las mujeres se alegraban de ello! ¡Aquélla era la alegre solidaridad de los imbéciles! Las mujeres estaban felices de haberse deshecho de la carga del alma, de ese ridículo orgullo, de la ilusión de la excepcionalidad, felices de ser por fin todas iguales. Teresa cantaba con ellas pero no se alegraba. Cantaba por temor a que, si no lo hiciera, las mujeres la mataran.

"¿Pero qué significado tenía que Tomás les disparara y que cayeran una tras otra muertas a la piscina?

"Las mujeres que se alegran de ser idénticas e indiferenciables celebran en realidad su muerte futura, que hará que su identificación sea absoluta. Por eso el disparo no era más que la feliz culminación de su marcha macabra. Por eso, después de cada disparo de la pistola, empezaban a reír alegremente y, mientras el cadáver se hundía bajo la superficie, ellas cantaban aún más alto.
"¿Y por qué era precisamente Tomás el que disparaba y por qué quería matar también a Teresa?

"Porque había sido él mismo quien había hecho que Teresa fuera a parar allí. Eso era lo que quería decirle a Tomás el sueño, ya que Teresa era incapaz de decírselo por su cuenta. Ella había venido a buscarlo para huir del mundo de la madre, donde todos los cuerpos eran iguales. Había venido a buscarlo para que su cuerpo se volviese único e irremplazable. Y ahora él volvía a dibujar el signo de la igualdad entre ella y las otras: a todas las besa igual, las acaricia igual, no hace ninguna, ninguna, ninguna diferencia entre el cuerpo de Teresa y otros cuerpos. De ese modo la había mandado de vuelta al mundo del que quería escapar. La había mandado a marchar desnuda junto a otras mujeres desnudas".
La insoportable levedad del ser
(Segunda parte, "El alma y el cuerpo", episodio 15
Milan Kundera


"¿Por qué sentía semejante pudor? ¿Acaso no sangran todas las mujeres cada mes? ¿Acaso había inventado ella los órganos sexuales femeninos? ¿Acaso era responsabilidad suya? No lo era. Pero la responsabiliad no tiene que ver con el pudor.

"La base del pudor no es un error nuestro, sino el oprobio, la humillación que sentimos de tener que ser lo que somos sin haberlo elegido y la insoportable sensación de que esa humillación se ve desde todas partes".

La inmortalidad
Milan Kundera

jueves, mayo 03, 2007

Pro Ópera mayo-junio-07



Salió la revista Pro Ópera correspondiente a mayo-junio de 2mil7. Se puede consultar completa en línea en:

www.proopera.org.mx

Ahí , entre varios textos de gran interés y las secciones clásicas: nacionales e internacionales, se puede leer una entrevista que me entusiasmó harto realizar. Platiqué con el bajo, de altura mundial, mi tocayo, Noé Colín:

http://www.proopera.org.mx/pdf/pdfmayo_07/12%20entrevista%20Colin.pdf

Y, ahí mismo, puede encontrarse "Otras voces", una sección nueva en esta página cibernética, a guisa de suplemento, que pone en un sólo sitio las diversas críticas sobre la anterior puesta en escena operística de Bellas Artes (en este caso Marina de Emilio Arrieta), y que sus autores, en su momento, publicaron en sus respectivos medios de comunicación nacionales (si bien casi todos las intercompartieron en grupo también vía email). Están todos, o casi: Lázaro Azar, Juan Arturo Brennan, Raúl Díaz, Luis Gutiérrez Ruvalcaba, Ramón Jacques, Mauricio Rábago Palafox y Vladimiro Rivas Iturralde. Es un platillo de pluralidad muy enriquecedor el conocer varias perspectivas y opiniones sobre un mismo montaje:

http://www.proopera.org.mx/pdf/pdfmayo_07/www.otras%20voces.pdf

E igual viene mi crítica, ya adelantada en el anterior post, pero al igual que las de las "Otras voces", abastecida con las estupendas imagenes, indispensables, de Ana Lourdes Herrera:

http://www.proopera.org.mx/pdf/pdfmayo_07/04%20critica%20mayo.pdf

Hay, entonces, qué leer. Hay que entrarle, a veces a falta de algo más carnoso en nuestro ambiente lírico, a la ópera leída. Algo es algo.

martes, mayo 01, 2007

Marina en Bellas Artes

Posteo mi crítica de la Marina de Arrieta en BA, puesta con la q arrancó la temporada lírica 2007 en México. Muchos críticos destazaron no sólo el montaje, sino la obra misma. Yo, no sé. Supongo q lo q escribí es mejor q lo q pueda comentar. La pongo como avance, a unas horas de q salga publicada en la revista Pro Ópera mayo-junio con el diseño e ilustraciones de rigor:


Marina en Bellas Artes
Por José Noé Mercado

La Marina de Emilio Arrieta lejos está de ser una ópera que aspire a comentarios particularmente radicales. Ni a favor, ni en contra. Ya que si bien es un título teto, con personajes estereotipados de confección sicológica y dramática aguada, y cuyo argumento recurre al deus ex machina en forma de carta para salir del bostezo y resolver la trama, su aspiración belcantista italiana la dota de melodías lubricadas y pasajes rítmicos que, bien cantados, en voz de artistas solventes, llegan a ser de cierto lucimiento con belleza que entusiasma al público. No más, no menos. Es decir, aunque ñoña, Marina es una ópera como muchas óperas.

Con la puesta en escena de esta obra, presentada los pasados 13, 15, 18, 20 y 25 de febrero, en el Teatro del Palacio de Bellas Artes, la Compañía Nacional de Ópera, ya con José Areán como director, arrancó su Temporada 2007, en una coproducción con Promociones Metropolitanas, Pro Ópera A.C. y la Fundación Harp Helú, en lo que podría significar el retorno de la iniciativa privada a la lírica nacional y una opción para abatir en algo la sequía operística de los últimos tiempos en México.

Pero el público al parecer no lo entendió así, a decir de estas cinco funciones con teatro semivacío, en las que la gente de galería y anfiteatro bajó a luneta aprovechando tantos lugares desocupados. Siempre será una lástima que un esfuerzo de tantas voluntades, encabezado por Xavier Torresarpi, haya quedado sin el nivel de fraguado que se esperaba. En todo caso, debe constar como primerizo antecedente, si se piensa luego en proyectos futuros.

Este montaje contó con dos intérpretes para cada rol protagónico, que se alternaron funciones dando como resultado una promiscuidad vocal —para decirlo con palabras de Raúl Falcó, saliente director de la CNO, quien en realidad todavía estuvo al frente del despacho en la preparación de este título—, lo que propició una descalibrada fusión en tiempos, respiraciones y cuadraturas a lo largo de esta serie de presentaciones, pues lógicamente no es lo mismo cantar y dirigir y actuar con la combinación A-Z-C, que con B-X-C o A-X-D, etcétera. Se podrá argumentar que así se trabaja en muchos grandes teatros líricos del mundo y es verdad, pero dicha realidad no coincide con la nuestra. ¿O sí?





Como Marina, Irasema Terrazas en la primera función no ofreció su mejor canto. Esta vez, la soprano enfrentó problemas técnicos para apuntalar su emisión, para construir agudos sin cuarteaduras y al mismo tiempo controlar el fiato. El sonido vocal producido fue tambaleante y con un estrés, quizá debido a que la artista tenía plena conciencia de lo que le ocurría, que también le impidió desempeñarse en escena con la soltura y seguridad que le caracterizan: su actuación fue gris, sin presencia: fome. Ojalá que Irasema pronto reluzca su buen canto y reafirme el registro alto tan indispensable para toda soprano, bajo el entendimiento de que también los coches nuevos y flamantes deben acudir al taller para el ajuste de los primeros 10 mil kilómetros.

Por su parte, Lourdes Ambriz mostró mayor colmillo en su interpretación de la heroína epónima de la ópera, puesto que si bien sufrió igual para emitir los agudos, o al menos para intentarlo, aprovechó algunas fermatas para decorar su canto y sacarle así el mayor jugo posible, disimulando su dificultad para moverse en las alturas. El registro central de su instrumento se mantiene bello y se percibe manejado con técnica perdurable, mientras que en escena, salvo en dos desconexiones en la impostación, quizá por cansancio vocal, en que pareció angustiarse, su presencia destiló la dulzura fresca requerida por el personaje.

El tenor Alfredo Portilla, con el hermoso timbre que posee, brilló con un canto seguro y pleno, de fraseos intensos y largos, inusuales en él, mínimo en sus recientes actuaciones en México. Su voz, en el rol de Jorge, salvó lo soso de algunas funciones y se impuso a todos, si bien es cierto que los pasajes con adornillos no son los que mejor le van pues se trata de una voz dura, pesada, de acentos spintos, que no alcanza el sobreagudo y no siempre con facilidad el agudo. Pero en realidad nunca lo habíamos escuchado en igual plenitud, incluso con deliciosos pasajes a media voz, tal vez porque esta Marina haya sido de sus más memorables interpretaciones.

En cambio, su colega catalán, Salvador Carbó, mostró las limitaciones de su instrumento. Una voz zumbadora y de escaso volumen, propia para recintos de menor tamaño, además de afinación incierta. Eso sí: a diferencia de Portilla, no se abrió ante los sobreagudos, los enfrentó con alma tenoril y trató de hacerlos sonoros, en la medida de sus posibilidades. En escena no deslució y de hecho su histrionismo fue rescatable.

Como Pascual, alternaron los bajos Charles Oppenheim y Luis Rodarte. Oppenheim va bien en su joven carrera y a diferencia de los cantantes que van en declive, o picada, su trayectoria va en ascenso con una voz cada vez mejor colocada donde suena más y con mayor color. Actúa bien, incluso demasiado bien, lo que por momentos le hace descuidar la proyección vocal y un adecuado volumen hacia el público. Ya conforme desgaste sus zapatillas en el escenario, desarrollará el colmillo y la intuición necesaria que va tiñendo de otro color aquello que inevitablemente siempre comienza verde.

Rodarte es un cantante entregado tanto en voz cuanto en escena y cumplió una decorosa participación, que dejó muy buena imagen en el público. Lo mismo ocurrió con el rol de Roque, interpretado por los barítonos Jesús Suaste: fuera de un lapsus en que olvidó su texto en la última función, solvente, con su inconfundible estilo, adecuando como siempre sus características al personaje, y el madrileño Carlos Bergasa: estupendo actor, zarzuelero, y con instrumento de gustoso color.

La dirección escénica de Leopoldo Falcón optó por la perspectiva de cuadro, más que apostarle a un trazo continuo que desenvolviera la trama. Fue una decisión inteligente, considerando que el estilo de la ópera belcantista, en el que tardíamente se inscribe Marina, no incluye mucha acción —a menos que hablemos de genios auténticos como Rossini o el joven Verdi— y el discurso vocal y musical inmoviliza al dramático. El trabajo de Polito redituó más en asimilación interior de los personajes y en la interactividad que desarrollan entre sí, pues el movimiento en sí fue parapléjico.

María Luisa Serrato de Chávez incursionó por primera vez en el diseño de vestuario operístico y lo hizo con el pie derecho. Su propuesta funcionó en general y mostró un gusto elegante y refinado (no por nada algunos miembros del coro se veían como marineros dandys —que los hay—), aún cuando podrá considerar detalles que realzarán sus próximas incursiones en el género. Entre los más importantes, disponer el dibujo y el corte del vestuario para ayudar a la mejor apariencia física de algunos intérpretes que así lo requieren y considerar que el blanco es un color muy poco escénico.

La escenografía e iluminación de Arturo Nava dejó mucho qué desear, sin concepto definido. Pocos elementos en los primeros dos actos, de manera casi abstracta, o pobre, y una postal de aspiración realista, en el tercero. Se incluyó una pantalla con proyecciones marinas de Rafael Blásquez, bien diseñadas en cuestión técnica, pero sin mucho vínculo ni integración con el conjunto visual. ¿Para qué se movió de manera tan torpe el ángulo de la pantalla a mitad del primer acto, lo que únicamente provocó sacudidas involuntarias y éstas risas en el público? ¿Por qué los tramoyistas aparecieron a la vista de todos haciendo su trabajo, que entre otras cosas consistió en armar un pequeño muelle de escaleras de madera comprimida, que se vieron muy falsas porque ni siquiera recibieron una pintadita o barnizada?

El concertador José Luis Castillo logró hacer muy buena música, aunque probablemente no muy buena ópera. Y no por él, si se considera la promiscuidad vocal: a veces se pasó en volumen, a ratos le bajó, en pasajes se destempló o los solistas se destemplaron, dejando la impresión de que no hubo el mejor entendimiento a su batuta en todo el elenco o de que éste no siempre estuvo al nivel de la partitura. Castillo comandó con estilo e idea la orquesta y podría consignar como auténtico logro en su currículum los dos matices que pudo sacarle a un Coro del Teatro de Bellas Artes de sonoridad rígida y estridente. En resumen, un gran esfuerzo para hacer ópera que debe estimularse, lo que sin embargo no evitó que muchos integrantes de esta producción mostraran, sin querer queriendo, que no son más que marineros de agua dulce.

jueves, abril 26, 2007

Amigos

"Teresa no tenía estudios, ni otra cosa que al Güero; pero sabía que los amigos sólo se probaban visitándote en el hospital, en la cárcel o en el panteón. Lo que venía a significar que los amigos eran amigos hasta que dejaban de serlo".

La Reina del Sur
Arturo Pérez-Reverte

jueves, abril 19, 2007

Más cortos de Cortos


"..el mundo de uno se define a partir de círculos concéntricos. Los que están más cerca de uno son los íntimos, aquella gente que te es cercana e imprescindible. Son lazos viscerales que no se cuestionan. Después, en el segundo círculo, están los amigos. Roser, la arquitecta fashion, dijo que los amigos son aquellos con los que uno engancha, a los que les cuentas cosas, los que uno sabe que están de tu lado aunque los veas tarde, mal y nunca. En el círculo externo, en tanto, están todos los conocidos, que no es lo mismo que gente que uno conoce. Es gente con que se tiene contacto, se almuerza o ve en fiestas o en el trabajo. Es gente que te cae simpática.
(...)
"Coné, entonces, le preguntó a Simón por su lista. Simón quedó mirándolo pasmado y trató de pensar. En su mente comenzó a hacer listas y listas al mismo tiempo que intentó tabularlas. En ese momento percibió que algo terrible acababa de ocurrir. Simón sintió que había entrado en un terreno peligroso. Simón se dio cuenta que, por mucho que lo intentara, toda la gente que conocía caía en el círculo de los conocidos. Partiendo por Luke Skywalker. Pero eso no era nada. Simón captó que Natalia, su mujer, su exquisita y divertida y pulida mujer, también caía en esa categoría".

"Road story"
Cortos
Alberto Fuguet
Alfaguara, 2004



"-Si yo fuera mexicano odiaría México. ¿Cómo no vas a odiar un país que no te dejó ser lo que querías ser? Puta, si el país no es capaz de alimentarte, que se vaya a la concha de su madre. Chile es como la criptonita. Te acercas a esa mierda y pierdes todas tus fuerzas. Te destroza. Puta el país como las huevas.

"-Vos nunca has muerto de hambre.

"-Culturalmente, sí".

"Más estrellas que en el cielo"
Cortos
Alberto Fuguet
Alfaguara, 2004

jueves, abril 12, 2007

El murciélago en Bellas Artes

Dos críticas de la puesta en escena de El murciélago de Strauss q presentó la Compañía Nacional de Ópera, en BA, para concluir su Temporada 2mil6.

La primera, de Lázaro Azar, crítico musical del diario Reforma, quien comparte en exclusiva para este blog escribicionista una versión inédita de su perpetro sobre aquel montaje. Originalmente era para ser publicada en la revista Pro Ópera, pero al final ,"por falta de espacio no fue incluida". Aquí hay espacio de sobra y va a continuación, luego la segunda crítica q, por cierto, es la mía:

La última y nos vamos
Por Lázaro Azar

Pocas partituras hay tan amadas por la belleza de sus melodías como Die Fledermaus (El murciélago, 1874) de Johann Strauss II (1825-1899), opereta elegida por la Ópera de Bellas Artes para bajar la cortina al changarro en este sexenio que será recordado como uno de los más arduos para la cultura en México.

La función de cuatro funciones programadas, llevada a cabo este jueves 16 de octubre no pudo reflejar mejor el miserable estado de abandono y valemadrismo a que se han confinado las artes.

Al parecer, unas viejas escenografías de David Antón fueron de lo poco que se salvó en aquel incendio que redujo a cenizas las bodegas del INBA, pues salen a relucir del basurero cada que algo se requiere, vengan o no al caso. Como ahora, que nomás le dieron una lechadita a los acartonados oropeles utilizados hace unos meses en aquella vergonzosa Traviata para la cual se importó a Agnese Sartori, pretenciosa farsante que cobró por dizque dirigir la escena.

Más allá de los constantes apagones, la nula sensibilidad y escasos recursos empleados por Manolo Toledo evidenciaron su incapacidad como iluminador. Un viejo adagio dice que “de la buena luz, no se habla”. No es este el caso. Proclamar iluminador a alguien que apenas prende un foco me parece tan osado como aceptar de “Presidente legítimo” a ya saben quién... Ni qué decir del derrapón del maestro José Solé, cuyo trazo dio a este vaudeville el tono insufrible y ramplón que caracteriza los programas “cómicos” de Televisa.

Una vez mas, el elenco parece haber sido convocado con la fórmula de “cante ahora y cobre después... a 18 meses, y sin intereses”, dado el laxo rendimiento, desinterés y mediocres resultados que padecimos: Peter Svensson (Eisenstein) refrendó sus limitaciones consignadas desde que vino a hacer Sigfrido y sus gritos estuvieron a la par de los de ese triste remedo de Doña Lencha que fue Eugenia Garza (Rosalinde). Para lo que fue su desempeño, mejor hubieran llamado a Lucila Mariscal, quien siquiera es muy simpática, y como tiene bien colocada la voz, se le habrían escuchado los diálogos; lo peor que hubiera pasado es que tampoco se supiera el papel.

Vocal y gestualmente forzado, Mario Hoyos (Alfred) fue tan prescindible como los mínimos papeles encomendados a Carla Madrid (Ida) y Óscar de la Torre (Dr. Blind). A pesar de haber sido los que mejor sonaron, me entristeció notar que ni Oziel Garza (Dr. Falke) ni Irasema Terrazas (Adele) estuvieron al nivel que habitualmente les hemos escuchado. Aún cuando Adele y Rosalinde comparten su límite agudo en la misma nota, vocal y genotípicamente Terrazas habría lucido mejor como la patrona.

Del resto del elenco digamos que Armando Gama (Frank) cumplió, al igual que Grace Ekauri (Orlovsky), para cuyo personaje debe enfatizar las regiones graves de su registro; además de que con el funesto trajecito que le endilgan, más que príncipe parece lacayo. ¿Cosas del “Destino”?

Reconozco dos intentos que no van más allá de ello: el de Kamal Khan por sacarse la espinita de la Carmen que dirigió durante la inauguración del Cervantino y el del coro por bailar. Lástima que, repito, no hubieran sido más que intentos.

Tradicionalmente, El murciélago incluye “artistas invitados” a la fiesta del segundo acto y las invitadas de esta función fueron Janet Paulus y Mercedes Gómez y sus arpas, que por buenas que sean, distaron de ser un acierto. Bastaba con ver las caras del resto del elenco durante su intervención, ¡parecían jubilados esperando en una central camionera!

Eso sí, creo que fueron preferibles al desbordamiento de Regina Orozco, quien como buena perredista, el domingo aprovechó su oportunidad de tomar “la tribuna” en que se convirtió el escenario de Bellas Artes (nunca como ahora el del Blanquita ha tenido más categoría que el del Blanquito) para hacerle proselitismo al Pejen, ¿venía al caso? Si con ello rayó en lo grotesco, de lo que hizo rapeando a Agustín Lara, mejor ni hablar.

Qué tan grises habrán estado los cantantes, que lo menos tedioso resultó ser el sketch carpero de Hernán del Riego, que pecó de excesivo por su duración y reiteradas y cobardes mofas a la pareja presidencial.

Y al decir esto no es porque muchas de sus “puntadas” no hayan sido merecidas, sino porque no dejo de preguntarme si podemos llamar valiente a quien insiste en tan chocantes “insinuaciones”, cuando Chente y Martita están a punto de dejar el poder. Bueno hubiera sido que eso lo hubiera dicho hace seis años, o que ahora se pitorrerara de Felipe Calderón y Margarita Zavala, aunque -como diría la D´alessio-, “para eso a este le falta, lo que yo tengo de más...”

Ahí no acabó la cuota de vulgaridad: que filas atrás una señora comiera cacahuates, en lo que otros contestaban su teléfono y el acompañante del director de esa triple mentira denominada “Compañía Nacional de Ópera” se entretuviera tronando su chicle, sirvió para confirmarme que hay justicia divina: un público como éste, que acepta todo sin cuestionamiento alguno (¿será por falta de parámetros?), siempre recibe lo que merece.

Tras ver a lo que redujeron esta deliciosa opereta, solo me quedaron ganas de consultar la ouija para ver si podía cuestionar a don Rafael Solana por qué, tras otra desafortunada escenificación realizada aquí mismo, hace ya más de 20 años, dijo que esta partitura era “tan bella, que lo resistía todo”.

¿Sería acaso, que los estropicios de entonces no eran tan devastadores como los actuales?





El murciélago en Bellas Artes
Por José Noé Mercado

Llegó a su fin la Temporada 2006 de la Compañía Nacional de Ópera y también el sexenio lírico en el pretendido máximo recinto de arte en nuestro país. Para cerrar el telón, la CNO presentó en el Teatro del Palacio de Bellas Artes cuatro funciones, los pasados 14, 16, 19 y 21 de noviembre, de la opereta El murciélago de Johann Strauss II.

La puesta en escena de este título de alguna manera resumió el nivel promedio de calidad y el modus operandi con el que desde hace algunos años se viene haciendo ópera en Bellas Artes. La escenografía, firmada por David Antón: a últimas fechas el reanimador de zombis escenográficos por excelencia, fue un emplasto cuya mayoría de elementos procedieron de otros montajes que poco vinieron al caso. Hablar de rigor histórico o estilístico o propuesta es demasiado, cuando lo que de principio queda en duda es su funcionalidad.

La dirección escénica de José Solé una vez más, por si a alguien no le había quedado claro el resultado de sus puestas: al menos las recientes, fue anquilosada. Nada nuevo, con un trazo de movimiento artrítico y tendiendo a las plastas visuales en los números de conjunto. Y dejando la creación de personajes a la buena de Dios o a la iniciativa de los intérpretes, en el caso de que éstos la tuvieran: lo que no siempre ocurrió. La iluminación de Manolo Toledo sufrió varios apagones y lo peor no fue eso, sino el que dos melómanos detrás de mi asiento rumoraran que “qué lástima que no se quedó todo a oscuras, al cabo ni hay nada bueno qué ver”.

Se cantó en alemán y se dialogó en español, con la típica regionalización 4 que al parecer encanta a quienes toman las decisiones. ¿La trama no se desarrolla en Viena, en el 19? Todo se vio de una falsedad difícil de digerir y que para la escena musical, en pleno siglo 21, en realidad es innecesaria y cruel, porque parece que se espeta al público aquel célebre eslogan de Robert Ripley: Believe It or not! Poco raro hubiese sido que esa frase apareciera de vez en cuando en la pantalla de supertitulaje. De hecho, habría sido comprensible, ¿no? Incluso se contó con la actuación de Hernán del Riego, como el Carcelero, quien al parecer se especializa, desde que lo vimos en Candide hace unos años, en seguir los pasos de Palillo, Chatanuga, Caballo Rojas y todos esos cómicos de carpa y teatro de revista que han abordado la morcilla sobre la política nacional. Nada grave, cierto, sólo que éstos últimos no la hicieron en plena interpretación de El murciélago, ni orinaron en una jofaina en la que alguien después se lavaría, ni amagaron guacarear hacia el foso de la orquesta, ni, en resumen, se veían offside, como Del Riego (quien como puede suponerse: hay que decirlo en justicia de su buena actuación, su sketch, término derivado, como se sabe, de lo kitsch, fue lo más entretenido de la noche).

Y siguiendo con los fueras de lugar, los invitados a la fiesta del príncipe Orlofsky: Janet Paulus y Mercedes Gómez, correctas arpistas que requerían definitivamente un concierto aparte y ante público ad hoc para así no aburrir, como lo hicieron, a los espectadores, incluido el elenco, de esta opereta, que presenciaba bostezando sus lides artísticas.

Vocalmente se contó, en general, con un reparto apocado y sin lustre. Eugenia Garza, Rosalinde, con agradable centro en su voz, pero con problemas para enfrentar, sin abrir la emisión, el registro alto, lo que se traduce inevitablemente en estridencia. No se sabía a fondo la partitura y eso se notaba incluso en su inseguro desenvolvimiento histriónico. Si esta cantante mexicana de verdad se empleara al máximo para pulir su técnica y se concentrara lo suficiente para compenetrarse con la obra y los personajes que aborda, tendríamos a un artista de muy buen nivel, pues cualidades nunca le han faltado. Pero hasta que no llegue ese día, si llega, en que se decida, no pasa de estar en potencia y ofrecer actuaciones intrascendentes, al menos para el público.

En algún momento de la administración de Raúl Falcó se contempló la propuesta del maestro Enrique Ricci de contar con Ramón Vargas y Francisco Araiza para este Murciélago (que como se entiende llevaba años planeándose). Dichas participaciones no se concretaron (ni la de Ricci como director concertador), y quizá en la CNO ni siquiera se tomó en serio la idea, aunque se diera coba y se aparentara que sí. En cambio, tuvimos al tenor Mario Hoyos, Alfred, con una emisión apretada y corta, y al supuesto Heldentenor Peter Svensson, Eisenstein, quien nuevamente vino a vender espejitos a quien lo hace compadre. Galló repetidamente, columpió los ataques, en general ofreció un canto imbricado, pero lo que sin duda resultó patético es que lo hayan importado de Austria para que viniera a mal hablar español (aunque quedó claro que no lo hablaba sino que procedió fonéticamente). Eso sí: en lo escénico fue simpático y lo que mejor hizo fue darle sus buenas nalgaditas, o pellizquitos en la zona, a Adele, rol alternado por Irasema Terrazas y Rosa Elvira Sierra.

Terrazas, hoy la soprano consentida de México, salvó su participación gracias a su musicalidad, a su encanto escénico y a su delicioso desempeño histriónico, porque vocalmente tuvo que recurrir al estrechamiento del sonido para intentar conseguir altura en el mismo, lo que no siempre logró, perdiendo así brillo en su voz y libertad y soltura interpretativa. En este momento, Adele resultó un papel de una vocalidad muy alta para Irasema, de los que hacía tiempo no enfrentaba, y en verdad tuvo que esforzarse para salir adelante con el mayor decoro lírico posible. Aun así, no alcanzó el buen rendimiento a que nos tiene acostumbrados, como tampoco lo hizo Oziel Garza Ornelas, Falke, quien se percibió desencanchado y algo fuera de forma.

Armando Gama, Frank, y Grace Echauri, Orlofsky, tuvieron un mejor rendimiento que el resto del elenco; el coro, preparado por Pablo Varela, tuvo disposición musical, lo mismo que el director concertador, Kamal Khan, a quien hace dos títulos vimos también como invitado de la CNO, al frente de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, pero ello no influyó mucho en el balance general de una función tan poco memorable. Aunque pensándolo bien, cuando tanta medianía se fusiona, es difícil de olvidar.