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martes, agosto 08, 2006

Daniel Catán:
"La palabra cantada es magia embellecida"



El contexto: Aunque la comunidad operística en México parece mirar con indiferencia al compositor mexicano Daniel Catán, en diversos países del orbe se presentan sus obras con éxito contundente. Como suele ocurrir en nuestro país, es un artista valorado más en el extranjero que en el suelo que lo vio nacer. Si bien es cierto que él más bien compone y no canta, su voz es ya una referencia en el catalogo de compositores operísticos contemporáneos.

La entrevista: Manuel Yrízar entrevistó a Daniel Catán hace ya casi dos años, pero nadie le publicó dicha entrevista, por más que la ofreció a diversos medios nacionales. Es para reírse, pero de la indolencia con que se trata el arte, la cultura o su difusión en nuestro país. Alguna vez, Yrízar consiguió que le hicieran el favor de publicarla en un portal operístico sudamericano de acceso restringido (a quienes pagan por dicho acceso). Luego, cuando la entrevista parecía haberse perdido en el éter cibernético, Daniel Catán y las puestas en escena europeas de sus óperas nuevamente dieron de qué hablar. Por su importancia artística, debo decir. Para entonces ya existía este blog. Y en una plática con Yrízar le pedí su entrevista para postearla por aquí o él me pidió que la posteara por aquí, ya no recuerdo pero da igual, y ahora con gusto grande la incluyo para que pueda ser leída y podamos saber más sobre este destacado compositor mexicano que triunfa en el extranjero.

Credo: Repasemos el año de fallecimiento de algunos de los principales compositores, célebres y adorados por los operófagos: Monteverdi 1643, Händel 1759, Gluck 1787, Mozart 1791, Donizetti 1848, Rossini 1868, Wagner 1883, Verdi 1901, Massenet 1912, Puccini 1924, Strauss 1949. Sin negar hasta cierto punto la vigencia y actualidad de semajentes maestros, yo sí creo en la necesidad de renovación del repertorio operístico (y en la posibilidad de combinarlo con el viejo o antiguo o clásico) y creo también que Daniel Catán es una ópción. Creo que es una opción, además, importante. Creo, por último, en la posmodernidad y en las óperas que en ella se componen.

Daniel Catán:
“La palabra cantada es magia embellecida”
Por Manuel Yrízar Rojas
(Entrevista realizada en 2004)


—Tu incursión en la creación operática data de 1980 con el estreno de tu primer trabajo Encuentro en el ocaso presentado en el Teatro de la Ciudad. Desde ese tiempo han transcurrido ya cerca de cinco lustros, 24 años, y tu estro e inspiración no han cesado sino por el contrario. ¿Qué te acercó a este género tan especial? ¿Porqué la ópera?

—Descubrí la música primero y la ópera después. Pero fue relativamente temprano cuando me surgió la pasión por la ópera. Mi madre me llevaba a todo tipo de espectáculos en Bellas Artes. Fui a muchos conciertos, pero también a espectáculos con escenografía. Mi madre prefería los musicales y el ballet. Recuerdo que gocé inmensamente la producción de Mi bella dama en Bellas Artes. He de haber tenido unos 10 años, pero la recuerdo perfectamente. Recuerdo hasta el lugar en donde estaba sentado.

Después me fui a Inglaterra a estudiar música. Tenía para entonces 14 años y había en Londres un ambiente musical espléndido y una ópera fabulosa. Me hice adicto inmediatamente y desde ese entonces mi vida se encaminó a la ópera.

—Las dificultades inherentes a la creación del drama musical implican un amor al teatro y a la música indistintamente. ¿Cómo te acercas a ese mundo teatral y musical? ¿Cuándo nace en ti esa afición? ¿Existen antecedentes familiares?

—Cuando veía yo una función de ópera, me preguntaba cómo hacían para conjuntar todos esos elementos. Era como asistir a un espectáculo de magia. Empecé entonces a ir a ensayos para entender el proceso desde adentro. Conseguí un trabajo en una compañía que estaba cerca de donde yo vivía: Glyndebourne Festival Opera. Ahí trabajé haciendo todo tipo de cosas: en la carpintería, en el foro, en el auditorio. Todo con tal de asistir a los ensayos y a todas las funciones. Veía yo la misma ópera muchas veces y en muchos casos pude entablar cierta amistad con algunos cantantes que contestaban mis preguntas con paciencia. Fue en ese teatro donde se consolidó mi amor por la ópera y por ese mundo maravilloso del escenario. Desde entonces no ha dejado de ejercer en mí una absoluta fascinación.

—Tu formación como compositor se da tanto en México como en el extranjero. ¿Qué fue lo que te llevó a convertirte en músico? ¿Qué o quiénes influyeron en ti para que tomaras esa decisión? ¿Tuviste que enfrentar oposiciones a tu decisión o contaste con alguna ayuda o apoyo? Platícanos un poco de esa historia de tu vocación por el arte musical.

—Mi familia gustaba mucho de la música. A mi padre le gustaba mucho cantar las canciones populares del momento y tenía una voz muy hermosa. De hecho, él hubiera querido dedicarse al canto, pero la vida lo llevó por otro camino. No conocía la ópera, pero el canto era muy importante para él. Sin embargo, la música en mi casa era un pasatiempo y no una profesión. Cuando anuncié mi deseo de ser músico profesional hubo poco menos que un movimiento telúrico en casa. Los siguientes años fueron mucho más complicados, pero creo que esas complicaciones me dieron la fuerza necesaria para ser compositor de ópera. El compositor de ópera, más que el de música sinfónica, necesita tener mucha fuerza y mucha paciencia. Si lees las cartas de los compositores de ópera verás que quedaban como trapos después de montar sus obras. Aún compositores exitosos como Weber o Debussy, acabaron exhaustos. Este asunto es de carrera larga.

—Para los legos nos es muy difícil poder concebir o imaginar como surgen las ideas propiamente musicales. En tu caso, ¿crees en lo que los antiguos llamaban inspiración o piensas que se requiere más de transpiración (trabajo)?

—Por supuesto que creo en la inspiración. Pero tiene que estar unida a un trabajo muy arduo y detallado. La ópera requiere de un oficio que es difícil de adquirir. Más aún en estos tiempos en que hay tan pocas óperas contemporáneas. El oficio del compositor de ópera se ha perdido en gran medida, igual que el oficio del libretista.


—En México no te fue fácil desarrollarte como compositor. ¿Cómo puede un músico sobrevivir de su trabajo en un medio difícil y a veces hasta hostil? ¿Cómo te las arreglaste tú en ese sentido? ¿Qué hiciste? Nárranos la génesis de tu formación y trayectoria.

—Es difícil desarrollarse en México porque no hemos podido establecer una política cultural-musical que esté por encima de los vaivenes políticos sexenales. Lo que se construye con mucha dificultad en un sexenio se desploma en dos minutos en el siguiente. Esto quiebra el espíritu de los artistas y destruye su talento; acaba con toda una generación de un plumazo. Los pocos que sobreviven lo hacen saliendo del país. Es una lástima, pues hay suficiente talento en México como para tener una vida musical excelente. Como compositor es tal vez aún más difícil, pues no vive uno de su profesión. Los derechos de autor son atropellados por todas partes y eso garantiza que el compositor no pueda vivir de su profesión a menos que se mude a otro país.

—Cuando te entrevisté en 1980 para Canal 11 con motivo del estreno de tu ópera Encuentro en el ocaso contestaste que escribir una ópera eracomo acometer "un amor prohibido" y que tú mismo te preguntabas porqué elegiste un género tan difícil y que implica tantas dificultades para su concreción. ¿Sigues pensando lo mismo?

—Sí, sigo pensando que es un género muy difícil. Tenemos pocas oportunidades para aprender el oficio. Y son tantas las cosas que pueden salir mal que a veces es difícil aprender la lección correcta. Al mismo tiempo sigo pensando que es un trabajo apasionante y todavía tengo ganas de seguir componiendo para el escenario. He tenido la suerte de que mis óperas han sido interpretadas por excelentes cantantes y directores. Eso me ha hecho regresar por más.

—Has escrito también música para televisión, concretamente la de latelenovela histórica El vuelo del águila, sobre el período histórico del porfiriato (también en Encuentro en el ocaso de Montemayor); has hecho óperas sobre el mundo de escritores como Octavio Paz (La hija de Rappaccini) o Gabriel García Márquez (Florencia en el Amazonas) y ahora con Eliseo Alberto (Salsipuedes). ¿Qué relación tienes como músico con la poesía y la novela, es decir la literatura.

—La literatura es mi pasión más grande después de la música. Me apasionan las historias bien contadas y son ésas las que más me atraen para ponerles música. La combinación de música y literatura - además de escenografía y vestuario - hace que la ópera sea una experiencia muy intensa.

—Tu trabajo musical se ha llegado a calificar como neo-romanticismo. Los temas que tocas, la manera como los abordas, las texturas de tu paleta orquestal, el lenguaje utilizado, nos rememora esos tiempos idos pero añorados. ¿Qué nos dices al respecto?

—Sí, soy un compositor que ha querido más continuar con la tradición que romper con ella. Pienso que todavía hay mucho qué explorar. Schönberg mismo decía que aún había muchas obras novedosas en do mayor por escribirse. Yo comparto esa opinión. Está también la obra de Stravinsky, claro. Y su obra es justamente eso: un constante redescubrimiento de posibilidades dentro de la tradición misma. Ahora bien, a esa tradición habría que sumarle la gran cantidad de música de otras culturas que en los últimos años se ha sumado a nuestro mundo sonoro. El horizonte es entonces muy vasto y más bien creo que me va a faltar tiempo para explorarlo.

—El éxito de tu trabajo te ha llevado a estrenar tus óperas, cosa ya singular y harto dificultoso, pero no solo eso, sino a ser repuestas y montadas en varios países. ¿A qué atribuyes ese fenómeno?

—Pienso que mis obras han logrado tocar al público que las ha escuchado. Es el público el que ha pedido que se repongan, lo cual es sumamente inusual cuando de una ópera nueva se trata.

—El gusto y la sensualidad de tu música no exenta de ritmo y sabor muy latinos, melodías y ritmos exuberantes, orquestaciones ricas y ornamentadas, un colorido muy personal, llegan a los sentimientos de la gente, lo sacan de su realidad cotidiana y lo conducen a mundos mágicos y exóticos. ¿Es ésa una de las funciones del arte?

—Sí, pienso que ésa es una de sus funciones. Pero no como escape de lo cotidiano. Yo trato de llevar al público a ese mundo privilegiado no para escapar de su realidad sino más bien para enfrentarla con toda fuerza, es decir, para enfrentar los temas profundos de su realidad. De nuestra realidad debería yo decir, puesto que a cierto nivel esos temas nos incumben a todos: la vida, la muerte, el amor, el destino. Estos son los temas que la ópera puede abordar de manera privilegiada y son los temas que he tratado de capturar en mi música.

—¿Qué puede seguir aportando un género de 400 años al hombre del siglo XXI? ¿Porqué sigue vivo este híbrido de teatro y música que no es una cosa ni la otra?

—Sigue vivo porque es un género maravilloso. La unión de música y poesía han estado ahí desde el comienzo. La ópera es una manera de darle forma a ese deseo milenario de embellecer las palabras cantando. La palabra es magia. Y la palabra cantada es magia embellecida, formada por la lengua y el paladar y lanzada al aire como una flecha luminosa. No me puedo imaginar una humanidad que no se asombra ante el amor o que no se estremece ante la muerte. Y mientras esto suceda, seguirá habiendo ópera.

—Antes qué en tu propio país, ¿nadie es profeta en su tierra?, se estrenó en los EUA tu ópera Salsipuedes como sucedió con Florencia en el Amazonas que únicamente pudimos escuchar en forma de concierto. ¿Porqué allá sí y aquí no?

—El estreno de una ópera nueva requiere de mucha planeación; es más difícil que el montaje de una ópera conocida. Y el grave problema que tenemos en México es que la planeación artística está sujeta en gran medida a los vaivenes políticos del país. En EUA la situación es diferente. Me ha tocado vivir, además, un momento en que la cultura de Latinoamérica se ha vuelto importante para los estadounidenses. Hay un verdadero interés por ella. Lo ves en muchos campos: el cine, la pintura, la música, la comida. Ve, por ejemplo, cómo el cine “mexicano” que se produce en EUA ha dejado de ser un cine exclusivamente dirigido a los latinoamericanos. Estas películas incluyen actores del norte y del sur con una libertad impresionante. Combinan también los idiomas inglés y español. Este cine ha dejado de ser el cine especializado de un pequeño grupo y se incorpora cada vez más al main stream. La experiencia de la vida diaria en una ciudad como Los Angeles es bicultural y bilingüe en un sentido cada vez más profundo, más natural. Lo mismo ha sucedido con la música popular y, en mi caso, con la ópera. Ahora bien, a todo esto hay que añadir que los directores de las compañías más importantes, como la de Houston, se han dado cuenta de que la ópera necesita renovar su repertorio y promover óperas nuevas si no quieren quedarse como un simple museo de música antigua.

—¿A qué atribuyes ese desinterés en nuestros propios valores artísticos y nuestros compositores nacionales?

—No acabo de entenderlo. Pero debo señalar que en este sentido México no es la excepción. Lo mismo sucede en América del Sur y en España. Te pongo un ejemplo: el CD de Florencia en el Amazonas fue reseñado en muchos países y en las revistas y periódicos más importantes. Tengo reseñas norteamericanas, inglesas, francesas, alemanas, italianas y hasta coreanas. Lo que no pude lograr fue una reseña en España, que me interesaba muchísimo. Yo hubiera supuesto que precisamente ahí se interesarían por una nueva ópera en español, pero me equivoqué. La razón: la obra no era conocida en España. ¿Puedes creerlo? Este mes, la revista inglesa Opera Now coloca el diseño de Salsipuedes en su portada y publica una entrevista conmigo. El mes pasado, la revista del Metropolitan, Opera News, comentó que el estreno de Salsipuedes era uno de los acontecimientos operísticos más importantes del año. Las revistas especializadas españolas, por el contrario, han mostrado un total desinterés.

—¿Qué propondrías, de estar en esa posición de lograr un cambio verdadero, qué debiera hacerse para solucionar ese problema?

—No lo sé realmente. Creo que el asunto es bastante profundo y se lo dejo a los especialistas. Mi tarea es componer lo mejor que pueda y vivir en paz.


—En tu ópera la historia se lleva a cabo en un supuesto país de América Latina llamado Salsupuedes donde se presentan de manera cómica los padecimientos de dos jóvenes parejas de recién casados que sufren sin deberla ni temerla de las arbitrariedades de un dictadorzuelo. ¿Qué tanto hay en la historia de realidad y qué tanto de ficción fantasiosa?

—Cuando Eliseo Alberto y yo trabajamos en este libreto nos dimos cuenta de que desafortunadamente era la historia de muchos momentos del siglo XX. Ningún siglo ha sido tan desastroso en cuanto a guerras y matanzas, política y corrupción. Los dictadorzuelos no son exclusivos de Latinoamérica. Europa produjo una buena cantidad de ellos, con todos los grados de horror imaginables. Así que habría que ver en Salsipuedes una alegoría del siglo XX más que de una región en particular.

—¿Qué música es la que pensaste para ese cuento de Eliseo Alberto? ¿Cómo una anécdota te lleva a un ritmo o a una melodía determinada? ¿Qué aportaciones musicales pudiste lograr?

—En esta ópera traté de incorporar la música del Caribe. No sólo porque la historia sucede en esa región, sino porque es una música que me interesaba mucho explorar. Especialmente la parte rítmica. Este ha sido un sueño compartido por muchos compositores. Amadeo Roldán y García Caturla, por mencionar sólo a dos de ellos, exploraron en varias de sus obras diferentes maneras de conjugar la extraordinaria música cubana con la tradición europea. Incursionaron, incluso, en la ópera y en la zarzuela. Ambos murieron muy jóvenes, así que sus esfuerzos quedaron truncos. Pero el sueño siguió. ¿Cómo adquirí yo ese sueño? La música caribeña fue una parte muy importante de mi infancia. Mi padre nació en La Habana y mi madre en Veracruz, así que siempre hubo en casa un gusto especial por todo lo relacionado con el trópico. Una fecha importante en el calendario familiar, por ejemplo, era el día que llegaba a casa una fabulosa caja de mangos de primerísima calidad. Los mangos venían de Veracruz y los mandaba un amigo fiel que mi mamá conservaba desde sus días en la primaria y que se había convertido en dueño de importantes manglares. Mi padre los recibía con sospecha, pero al final los mangos le ablandaban el corazón conforme maduraban en casa.

—¿Has tenido ya pláticas con los encargados de la cultura nacional para estrenar también tus óperas en México con todas las condiciones técnicas y artísticas que se requieren para un acontecimiento de tal naturaleza?

—Sé que Raúl Falcó está muy interesado en montar Salsipuedes, pero por ahora no hay planes definitivos.

—¿Piensas ya radicar definitivamente en el exilio voluntario? ¿No equivale esto a una fuga de talentos (cerebros) mexicanos que mucho podrían aportar a su patria?

—No me siento en el exilio para nada. A veces hasta pienso que hago más por México desde aquí que desde allá. Siento que EUA y México necesitan crear más puentes culturales para fortalecer la comunicación. El arte tiene un lugar privilegiado en este renglón. Me da mucho orgullo contribuir con mi granito de arena.

jueves, julio 20, 2006

Citando a Gabo


Al terminar la función de Romeo y Julieta que cantaron Rolando Villazón y Anna Netrebko en Bellas Artes, el curioso puede puntualizar la fecha si quiere, decidí salir de mi palco y encaminar mis pasos directamente hacia Gabriel García Márquez, a quien me la pasé mucho rato viendo durante la ópera, mientras sopesé si debía ir a saludarlo o no. Él estaba sentado en luneta dos, de modo que yo podía verlo mejor, incluso, que si estuviera arriba del escenario. Sin dejar de reconocer, como es lógico y comprensible, que todo lugar se vuelve escenario cuando GGM está en él. Debo decir que no soy ultra-fan de García Márquez, aunque lo he leído, cómo evitarlo, y sé el tipo de monstruo legendario de la literatura que es. Quizá por eso, por no ser su ultra-fan, me decidí y lo abordé cuando se iba, y se iba al tiempo que la gente apenas aplaudía a RV y a AN, o sea que actué rápido. Maestro, le dije y lo tomé del brazo derecho, sobre la tela de un saco que portaba encima de una camisa ¿azul?, quizá blanca, sin corbata. Él volteó y me tendió la mano, como si fuéramos amigos de algún lado. Lo que no es estrictamente falso, si es que un autor es amigo -o enemigo, vaya uno a saber-, de su lector. Aunque su rostro era interrogativo, me sonrió. Sé que puede sonar a realismo mágico, pero comprobé que García Márquez es real. Y muy cálido y simpático. Me presenté, desde luego -lo que ahora considero importaba poco-. Él no, pero me hizo algunas preguntas. Lo felicité. Por ninguna obra en particular, sino en abstracto. Platicamos algunas frases, pero me dijo que eso, el contenido de lo hablado, no se lo contara a nadie. Lógico. No lo haré. Nos despedimos como viejos amigos. No me lo creía. Qué señor tan agradable. Y qué escritor es: aunque yo no sea su megafan para decirlo como lo diría cualquiera de sus megafans, lo que por otra parte resultó afortunado pues de serlo me hubiese paralizado y nunca me habría atrevido a dirigirle la palabra. Eso es un hecho. Lo más interesante de todo esto es que la próxima vez que vea a Gabo, a raíz misma de esa primera plática, tengo un motivo excelente para acercármele. Obvio no voy a poner aquí ese motivo, pero es un motivo bueno. Mínimo, es legítimo. Además, Gabo me dijo, eso bien que lo recuerdo: "Siempre que me vea, acérquese a saludarme".

Posteo, como si fuera el chasquido de dos copas en señal de brindis por aquel encuentro con Gabo, una frase que me gustó de su nouvelle Memoria de mis putas tristes:

"Mi edad sexual no me preocupó nunca,
porque mis poderes no dependían
tanto de mí como de ellas, y ellas
saben el cómo y el porqué cuando quieren".

El rapto en el serrallo
en Bellas Artes
Aquí posteo, después de algunos días de no aparecerme por el blog, mi crítica sobre la puesta en escena de El rapto en el serrallo, correspondiente a la Temporada 2006 de la Cía, Nal, de Óh,pera.

El rapto en el serrallo
en Bellas Artes

Por José Noé Mercado

La Compañía Nacional de Ópera continuó su Temporada 2006, los pasados 21, 23, 25 y 28 de mayo, al presentar en el Palacio de Bellas Artes cuatro funciones de El rapto en el serrallo, de Wolfgang Amadeus Mozart, en el marco del 250 aniversario del compositor salzburgués.

El rol de Konstanze lo alternaron las sopranos Bertha Granados y Olivia Gorra. La primera en general con un canto adecuado, salvo un par de agudos abiertos y poco mozartianos. Gorra en mucho mejor forma canora que en sus actuaciones recientes en este teatro, demostrando que es una voz de calidad, lamentablemente, para el caso: no impregnada del estilo requerido por este repertorio, en parte porque no es el que más frecuenta, y en otra porque llegó de último momento a la producción sin estar en el proceso de ensayos. El tenor Javier Camarena, como Belmonte, sacó adelante su papel, se esmeró en ello, aunque es claro que tuvo que adelgazar un tanto su emisión para cumplir los malabarismos que la partitura le exige, es decir: no se le sintió del todo cómodo al cantar.

Esto último puede decirse también del Pedrillo del tenor José Guadalupe Reyes, que de repente cantó descuadrado y sin que la concertadora hiciera algo para remediarlo o, mínimo, disimularlo. No obstante, su participación logró compensarla con su simpática actuación. El rol más lucido de estas presentaciones, el de Blonde, se lo rolaron las sopranos Rosa Elvira Sierra y Rebeca Olvera. Ambas mostraron mucho más ortodoxia mozartiana que sus colegas y se movieron con mayor ligereza y musicalidad por la obra. Olvera, que ha desarrollado en mucho su talento a partir de su estancia académica en Europa, bien podría no achipilarse en el escenario para no dejar la sensación de un histrionismo tan tralalí-alalí (término que alude a que todo es feliz y con mirada rosita e infantil), como el que ha presentado desde su debut como Hija del regimiento. El bajo ruso Mikhail Svetlov Krutikov encarnó un gracioso Osmin que recibió los más nutridos aplausos del público, principalmente por su aspecto histriónico, ya que en la asignatura vocal se barrió en diversas frases y coloraturas. El experimentado actor Sergio de Bustamante, como Selim, hizo un trabajo escénico destacado. Lástima que sus diálogos fueran pronunciados con tanto acartonamiento, propio de esas funciones de teatro de ayer, o anteayer, que dejan escapar un olor a ranciedad. Por cierto que los diálogos en alemán fueron sustituidos por unos en español-mexicano. Y se le dieron una revolcadita de humor nacional que más que ayudar a entender la obra o acercarla al público: ¿por qué no cantarla entonces toda en español?, como algunos quisieron justificar, lo único que devela es ese particular provincianismo que aún nos estremece el alma natal. Un toquecito palurdo, no más.

La puesta en escena de Massimo Gasparon fue de carácter neoclásica, o mínimo trató de serlo. No presentó mucho movimiento, no hubo trazo casi, y contó con una escenografía racional y, por momentos románticamente valorados, sin vida, con los típicos arbustos recortados, cuidando la forma. Igual que el vestuario, el diseño escenográfico pareció recreado desde fuera, como una ambientación exógena y no surgida del interior y así exhalada a la escena. Pero funcionó, junto con la iluminación de César Guerra.

Para esta producción se trajo como directora de orquesta a la cubana Lucy Arner, quien es más reconocida coach y pianista acompañante que concertadora. Su muy lenta batuta condicionó el resultado musical soso y sin brillo de la música escuchada. No en todo momento se ocupó de dar las debidas entradas a los cantantes, o lo que es más grave: llegó a dar algunas falsas, y ellos, unos jóvenes, otros mozartianos primerizos, se perdieron en varias ocasiones. La concertadora, esa impresión quedó, no conocía a fondo la obra, además de que permitió ciertas ornamentaciones y cadencias fuera de lugar. Siempre es interesante mirar el trabajo de una mujer con batuta en el foso, pero más atractivo será siempre comprobar el éxito de un concertador, hombre, mujer, extraterrestre o cosa: en realidad eso poco importa, al comandar con idea a sus huestes orquestales y entendiendo el canto que nace en el escenario.

sábado, julio 01, 2006

Pro Ópera julio-agosto 06

Ya salió la Pro Ópera del bimestre julio-agosto de 2006, con una portada rústica, acaso clásica, de La bohéme de Puccini. A los nostálgicos les gustó, otros, quizá los que no gustan de los flashbacks, hubiesen preferido alguna imagen más moderna. Lástima. Así es la vida. El contenido de la revista es lo que vale. Puede consultarse en línea. Posteo el link:

http://www.proopera.org.mx/revista_jul06.html

martes, junio 27, 2006

De las niñas para los niños



Siempre trato de estar en contacto con gente mucho + joven que yo. Y mucho + grandecita, igual. Todo en afán de mantener lo + vivo posible mi repertorio de palabras, que como se sabe es lo que está en la superficie de toda caja de herramientas de un escritor. X estos días me mandaron un ímeil, que está entre la carta, el manifiesto y la cadena, con muy buen manejo, sin querer por supuesto, del paso del tú al ustedes. Como lo haría un profesional de la técnica. O casi. Lo envió una chavita que debe ser de secundaria, quizá entró recién a la preparatoria, no +. Lo posteo de buena onda y porque además es claro que la ingenuidad y la inocencia son siempre miradas que se pueden disfrutar del ser humano. Suena cursi. Es cursi. Y bobby. Pero en lo cursi es muy probable que se encuentren muchos de los secretos del mundo. De la vida. Y en lo bobby ni se diga. Bobby, x cierto, para las generaciones frescas significa pendejo, en cool.


De las niñas para los niños

Duele amar a alguien y no ser correspondido, lo sé y tú también lo sabes y es aún más doloroso amarlo y nunca tener el valor para decírselo, pero, es decir: cómo demonios vamos a tener valor si a veces no podemos ni mirarlo a los ojos. Nada más sentimos su mirada y sentimos cómo nos intimida, por eso, entiéndanlo!!!, no podemos decírselos nosotras. Por favor, somos más que obvias cuando un chavo nos gusta, y nos cuesta mucho trabajo ir y decirle: sabes qué Fulanito, me encantas y quiero todo contigo, sí, hasta lo que estás pensando.

Está bien que ya estamos mas allá del 2000, 2001, 2002, 2003, 2004, 2005 y más cada vez, todo más moderno, pero por Dios!!!, todavía no estamos listas las chavas para declarárnosles así como así, por eso dennos una ayudadita. Tal vez Dios quiere que conozcamos a unos cuantos chavos antes de conocer a la persona correcta, para que al fin cuando conozcamos a nuestro príncipe azul sepamos valorarlo y ser agradecidas por ese maravilloso regalo, pero pónganse las pilas no?, digo por favor despierten, hola!!!, hay alguien en casa? La pregunta es cómo demonios vamos a dar gracias por ese maravilloso regalo, si el regalo no tiene valor para decirnos que quiere con nosotras, por favor ya actúen.

Y luego, nos hacen hacer cada cosa, que, qué bárbaros, muchas hemos sido admiradoras secretas, les hemos mandado cartas de amor, con dibujitos y corazoncitos, con algunas calcomanías, las perfumamos y todo, para que cuando llegue a tus manos te la lleves a enseñársela a tus amigos, que claro!!!, son súper hiper discretos verdad? Y, además, muchas hasta regalos les compramos, claro; Aclaración: no intentamos comprarlos ni mucho menos, sólo es una muestra de amor. El punto es que después de que nos convertimos en sus admiradoras secretas, sus amiguitos los discretos se han dedicado a decirle a toda la ciudad lo de las cartas, creen que no es vergonzoso? Por favor, la discreción no le hace daño a nadie.

Una de las cosas más tristes para nosotras es conocer al chavo más maravilloso del mundo y hacer que signifique todo para nosotras, y sólo para darnos cuenta de que al final no es para nosotras y lo tenemos que dejar ir, creen que es fácil? Pues no, la neta sí duele.

Bueno, es cierto que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, pero también es cierto que no sabemos de lo que nos hemos estado perdiendo hasta que lo encontramos!!!

Darles a ustedes todo nuestro amor es riesgoso, porque no sabemos si nos amarán de regreso, pero no esperamos que nos amen de regreso, sólo esperamos que el amor crezca en su corazón, dicen que si no crece seamos felices porque creció en el nuestro, pero eso es algo difícil de realizar.

Nunca nos digan adiós si todavía quieren tratar, nunca se den por vencidos si quieren seguir luchando por nosotras. Y nunca nos digan que ya no nos aman si no pueden dejarnos ir. Déjennos y no traten de voltearnos a su propia imagen, porque entonces sólo amarán el reflejo de ustedes mismos a través de nosotras. Y no se vayan por el exterior, por que no hay mujeres feas, y a veces el exterior te puede engañar eh!!! Ojo.

Saben chicos? A veces nos despertamos a las horas de la madrugada pensando en ustedes y los queremos tanto que queremos sacarlos de nuestros sueños para abrazarlos con todas nuestras fuerzas. La felicidad espera por los que hemos llorado o nos han lastimado, por los que buscamos y tratamos, porque sólo nosotros podemos apreciar la importancia de las personas que han tocado nuestras vidas. Nadie puede ser feliz por la vida hasta que no dejemos ir nuestros fracasos pasados y los dolores que habitan en el corazón.

En fin, chicos, chavos, boys, mens, por favor pónganse las pilas, y actúen, ya, rápido, luego no se quejen así como que: "mm..ta...ma... por qué la deje ir?" porque al final será su culpa.

Advertencia: si no pasas esta carta, algo malo o peor te sucederá, Nota: si lo mandas a muchas personas tendrás mucha suerte en tu vida amorosa, es decir, si eres chavo, tendrás posibilidades con esa chava que te late, y si eres chava, esta carta mándasela a ese güey por el que mueres, y ya verás cómo lo hace despertar, suerte!!!, si rompes esta cadena las consecuencias pueden ser irreversibles, tendrás mala suerte en el amor y en el sexo, si eres virgen o casto, lo seguirás siendo por varios años, jaja jaja, y esa persona que te enloquece no te hará mucho caso, común demonio!!! Esto no es una broma, buena suerte y no se lo puedes mandar a la persona que te lo mando. Ojo!!!. Estas son las reglas:

Si mandas esto a:

0 personas, algo muy malo te sucederá, no se aceptan reclamaciones, ni demandas, ni daños a la moral, propiedad, físico o etc, miedo?????

10-21 personas, alguien a quien le gustas un chingo te lo dirá, qué cool no?

22-31 personas alguien a quien le gustas te invitara a salir, qué pegue traes eh!!! (esto no siempre es una bendición).

Pero con los que tienen fe y no rompen la cadena, créeme que funciona. Y ahora lo que piensas tener o no tener ése será tu dilema. La primera cuota es muy alta, sí lo sé, pero yo hago lo que sea por conseguir a ese chavo, si no tienes tiempo, pásaselo sólo a algunas personas, para salvarte de cualquier repercusión que pudiese existir. (Hagan lo mismo) :).

jueves, junio 08, 2006

Amistad estelar

X estos días un tema de divagación recurrente en pláticas que he sostenido con diversas personas ha sido la amistad (lo raro es que lo recurrente ha sido pura coincidencia), para + detalle, la amistad perdida. Incompatible. Quebrada. Como sucede con los libros, uno pierde a lo largo de la vida muchos amigos. Uno los pierde o ellos se pierden o nosotros nos les perdemos. O no eran amigos pero nosotros creímos que sí. Luego pasa. Quién sabe dónde van a parar. Si alguien los leyó, o si llegaron a una biblioteca luego abandonada o hasta una máquina trituradora de papel. Alguna vez, no recuerdo ante quién o por qué o dónde, se me ocurrió comparar la amistad, que si nos ponemos cursis: es incomparable, con un vaso de cristal. Se puede sostener en la mano, pero si se le aprieta demasiado ya se imagina lo que pasa. Si se le suelta, igual. Y si se quiebra, no hay nada qué hacer. Aunque se pegue, está roto. Tal vez la vida no sea tan así, pero sé de gente que en condiciones comunes no beberían nada en un vaso hecho áñicos y luego rearmado con UHU.
Me acordé de un conmovedor texto nietzscheano, que tiene qué ver. Y, efectiviewonder, lo posteo. Va:


Amistad estelar. Éramos amigos y luego nos distanciamos. Esto estaba bien y no pretendamos ocultarlo ni disimularlo como si tuviéramos que avergonzarnos por ello. Somos como dos buques cada uno con su destino y su rumbo; nuestras trayectorias pueden cruzarse y podemos celebrar juntos una fiesta, como en efecto lo hicimos, y entonces los dos buques permanecían quietos en un solo puerto y bajo un mismo sol, de modo que podía parecer como si hubieran alcanzado su punto de destino y como si ambos tuvieran una misma meta. Pero luego, la vigorosa fuerza de nuestras respectivas tareas nos separó de nuevo para llevarnos a diferentes mares y a diferentes y soleadas regiones; quizá ya no volvamos a vernos nunca más; quizá nos encontremos nuevamente pero no nos reconozcamos; diferentes mares y soles nos han cambiado. Que tendremos que volvernos extraños el uno al otro obedece a una ley que está por encima de nosotros; pero por eso mismo deberíamos también venerarnos más el uno al otro. Por eso mismo, el recuerdo de nuestra antigua amistad debería tornarse más sagrado. Probablemente exista una órbita estelar inmensa e invisible en la que nuestros diferentes caminos y metas puedan estar incluidos como pequeñas partes; ¡elevémonos a este pensamiento! Sólo que nuestra vida es demasiado breve y nuestra facultad de visión demasiado débil para que podamos ser algo más que amigos en el sentido de esta sublime posibilidad. Creamos pues en nuestra amistad estelar, aun si estuviéramos obligados a ser enemigos en la Tierra.

La gaya ciencia, IV
Friedrich Nietzsche

domingo, junio 04, 2006

Así hablaba Amalfitano

En las situaciones más disímiles siempre hay algún párrafo de 2666 que me viene a la mente. Quizá de este modo reafirma en mí su carácter de novela total. Hace días, con eso de que se acercan las elecciones federales y los equipos -incluyendo algunos de los que viven en el condominio de la cultura- que suspiran por el poder se acomodan, se mueven o se callan para salir en la foto, étc, evoqué un fragmento.

El profesor Amalfitano, experto en Benno von Archimboldi, explica a Norton, Pelletier y Espinoza, los críticos:


La relación con el poder de los intelectuales mexicanos viene de lejos. No digo que todos sean así. Hay excepciones notables. Tampoco digo que los que se entregan lo hagan de mala fe. Ni siquiera que esa entrega sea una entrega en toda regla. Digamos que sólo es un empleo. Pero es un empleo con el Estado. En Europa los intelectuales trabajan en editoriales o en la prensa o los mantienen sus mujeres o sus padres tienen buena posición y les dan una mensualidad o son obreros y delincuentes y viven honestamente de sus trabajos. En México, y puede que el ejemplo sea extensible a toda Latinoamérica, salvo Argentina, los intelectuales trabajan para el Estado. Esto era así con el PRI y sigue siendo así con el PAN. El intelectual, por su parte, puede ser un fervoroso defensor del Estado o un crítico del Estado. Al Estado no le importa. El Estado lo alimenta y lo observa en silencio. Con su enorme cohorte de escritores más bien inútiles, el Estado hace algo. ¿Qué? Exorcisa demonios, cambia o al menos intenta influir en el tiempo mexicano. Añade capas de cal a un hoyo que nadie sabe si existe o no existe. Por supuesto, esto no siempre es así. Un intelectual puede trabajar en la universidad o, mejor, irse a una universidad norteamericana, cuyos departamentos de literatura son tan malos como los de las universidades mexicanas, pero esto no los pone a salvo de recibir una llamada telefónica a altas horas de la noche y que alguien que hable en nombre del Estado le ofrezca un trabajo mejor, un empleo mejor remunerado, algo que el intelectual cree que se merece, y los intelectuales siempre creen que se merecen más. Esta mecánica, de alguna manera, desoreja a los escritores mexicanos. Los vuelve locos. Algunos, por ejemplo, se ponen a traducir poesía japonesa sin saber japonés y otros, ya de plano, se dedican a la bebida...

2666
Roberto Bolaño
Sacar diploma

Hace unas horas, no +, estuve en Bellas Artes, en la 55 entrega de diplomas con la q la Unión Mexicana de Cronistas de Teatro y Música reconoce lo + sobresaliente de la actividad artística en México. Días antes, en un acto no me cabe duda: harto generoso con lo que he escrito, escribo y seguramente escribiré sobre ópera, fui invitado para pertenecer a la UMCTM (gracias, de nada). No recuerdo qué estaría pensando en ese momento, + probablemente no pensaba nada, pero lo cierto es que me escuché aceptar de inmediato, sin detenerme a pensarlo. Así es la vida. Con gusto.
Así que fue la -mi- primera vez, ya como miembro activo de la Unión, que asistí a la entrega de diplomas. Como puede imaginarse, yo iba con buena dosis de cautela mezclada con fascinación, dispuesto para presenciar cualquier cosa, como un astronauta que explora el planeta Venus u otro menos conocido, incluso algún tipo de aquelarre artístico que alguien imaginativo pudiera suponer que ocurre en este tipo de eventos. En rigor, no hubo aquelarre. Sorry. Se trató, + bien, de una ceremonia-concierto: en que participaron algunos de los artistas distinguidos este año, que tuvo como característica virtuosa tasajear un buen lo centralista de la visión defeña y extendida, trayendo al centro algo del quehacer cultural del noroeste y sureste del país. Así pues, queda claro que lo excéntrico bien cabe en el centro, y a veces puede brindar cristalinamente una postal de cómo se ¿diluye, amalgama, apelmaza? en nosotros lo clásico, lo cosmopolita, lo vanguardista e iconoclasta, al tiempo que nos estremece un viento provinciano y nostálgico por la tierra natal, o que asumimos natal, y nos pone melancólicos y evocadores y nos arranca sonrisas dichosamente payas y nos encuentra y saca el orgullo, ¿por qué no?, del folclor del vino que no viaja bien, impensable acto, que sólo es para consumo nacional, y acaso por ello mismo se vuelve internacional. Bueno, ya. Fin de este punto. Cero seudolaberintos de la soledad posmoderna.
A mí me tocó entregarle su diploma a la soprano Irasema Terrazas. Fui afortunado porque me parece que así reconocí, en representación de la UMCTM, la trayectoria de una de los voces (ju-ve-nil-men-te-con-so-li-da-das) de mayores kilates en la actualidad mexicana. Luego postearé por aquí la entrevista que le hice hace algunos meses y que publiqué en revista Pro Ópera.
Felicito al campechano Lázaro Azar Boldo, presidente de la UMCTM, por la concreción de una lograda, viva y energética 55 entrega de diplomas al quehacer artístico de México, igual dotada de canto y palmas y baile en ciertos sectores de las butacas (como en los mejores conciertos de Juan-Ga y otros -y no olvidemos que los conciertos de Juan-Ga siempre son buenos-), de agradecimientos típico-tópicos (en los que ya se sabe: es el momento esperado y soñado para agradecer al manager, a la mascota y hasta al primer novio), en que la emoción hizo que casi ninguno de los diplomados o diplomadas atinara a llamar a la Unión por su nombre: unos dijeron Unión de Críticos, otras Asociación de Cronistas de la Música y Teatro de México, étc, todo en una rica tarde que se nos hizo noche, de un sábado lluvioso y mate, como la selección de fucho que, horas antes, ya en tierras mundialistas ganó por tres a un equipo de estudiantes, pero que dejó el sabor de una sonrisa moribunda. Quizá la última, penúltima o antepenúltima, no +, de una escuadra que no da para más.
Posteo la lista de diplomados, en estricto orden en que fueron reconocidos, y al final una historia mínima de la UMCTM, para los que gustan de leer los créditos:
*Camerata Naucalpan: por 25 años de llevar música por el Estado de México

*Flavio Becerra: por su CD Arias de ópera.

*Irasema Terrazas: por la solidez y versatilidad de su joven carrera como soprano.

*Quindecim: en reconocimiento al apoyo que constantemente ha brindado a la música y los músicos mexicanos, cuyo quehacer y repertorio ha perpetuado en su catálogo.

*Eva María Zuk: por el recital que dio en la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes el 17 de junio de 2004.

*Proyecto Revueltas –Roberto Kolb y José Luis Castillo: por la labor de rescate de partituras inéditas y corrección de las ya existentes de Silvestre Revueltas para una difusión fiel de su legado musical.

*Octavio Sosa: en reconocimiento a las investigaciones que ha realizado sobre el quehacer operístico, consignadas en sus imprescindibles libros de consulta.

*Silvia Navarrete: por su CD Aires Nacionales.

*Humberto Terán: por su extraordinaria trayectoria como Ingeniero de Sonido.

*Irina Shiskina: por el Ciclo de Música Rusa que organizó auspiciada por la UNAM y Hoechst/Basf a lo largo de 2004.

*Luis Herrera de la Fuente: Testimonio especial de Gratitud por sus 90 años consagrados a la Música. (Diploma Mario y María Luisa Hernández).

*FIC / Instituto de Cultura de Yucatán: Al primero por involucrar decisivamente a la iniciativa privada en el presupuesto del Festival, y al segundo la presencia arrolladora y amplia participación que brindaron a la edición 2005 del FIC.

*Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes: por su alto nivel artístico y la incansable labor que realizan al llevar música a los rincones más apartados de su Estado.

*Las Maya Internacional: por sus 50 años dedicados a difundir tan gozosamente la música tradicional yucateca.
La Unión Mexicana de Cronistas de Teatro y Música
Los antecedentes de la Unión Mexicana de Cronistas de Teatro y Música (UMCTM) se remontan a 1938, con la Asociación de Cronistas de Espectáculos Teatrales y Musicales. Una escisión de sus miembros ocurrida en 1950 da lugar a la UMCTM que reconoce anualmente con su diploma a los más destacados personajes e instituciones del teatro, la danza y la música en México, basándose exclusivamente en su alto rendimiento artístico y no en sus logros de taquilla. Entre los presidentes más destacados que ha tenido esta Unión de Cronistas podemos destacar a Don Rafael Solana, Jerónimo Baqueiro Foster, Fernando Díez de Urdanivia, Juan S. Garrido y Xavier Torresarpi.
Lázaro Azar Boldo
Presidente
Héctor Carrillo
Secretario
María Teresa Castrillón
Tesorera
Francisco Méndez Padilla
Relaciones Públicas
Socios Activos:
Ismael Álvarez León – Morelos
Jorge H. Álvarez Rendón – Yucatán
José Noé Mercado - D.F.
José Alfredo Páramo – D. F.
Aldo Rodríguez – Sinaloa
Mario Saavedra García – Chihuahua
Martín Antonio Serrano Arroyo – Campeche
Luis Pérez Santoja – D. F.
Xavier Torresarpi – D. F.
Socios Eméritos:
Fernando Díez de Urdanivia
Luis Fernández de Castro

lunes, mayo 29, 2006

Artista, y famoso
Querido blog: hoy, tal vez ayer en la noche, al salir de la sala Nezahualcóyotl, de la ópera Ascanio in Alba de Mozart, caminando en playera (mi chamarra se la ofrecí a mi acompañante) hacia el estacionamiento 3 del Centro Cultural Universitario bajo una intensa lluvia, pensé en lo poco memorables que pueden llegar a ser algunos artistas y sus obras o sus intérpretes o sus interpretaciones. Lo pensé así, de golpe, sin pensar. No sé por qué. Ya luego, solo, seguía un poco sobre el mismo tema y recordé un largo y entretenido artículo del escritor, cineasta, periodista y antes crítico Alberto Fuguet que leí hace no mucho y que algo decía sobre el particular. Decidí que lo buscaría para postear algún párrafo que tuviera qué ver con mis pensamientos. El texto que habla de escritores y autores, pero que yo entiendo igual como si hablara de cantantes, intérpretes, compositores, etc, y que se llama Lecciones de vida: Olvídate de la historia, chico fue publicado en Gatopardo, de Colombia. Pero eso lo sabría, o lo volvería a saber, después, cuando llegué a casa y me puse a leer, y no en el instante en que seguía el aguacero y yo manejaba y perdía el coche entre las calles de una ciudad internada en la noche.

Van cuatro de los párrafos que me latieron de este artículo de Fuguet, uno de los 50 líderes latinoamericanos del nuevo milenio, según Times y CNN:

“La verdad es que he tenido la suerte de estar y conversar e interactuar con varios artistas que han sido importantes –que han sido claves- para el desarrollo de mi vocación. Porque para mí, la fama es artística. Es la única fama que me interesa, que respeto, que me asusta o me deja sin habla. No me interesan los presidentes, los políticos, los deportistas, la gente de la tele. Lo que transforma a un artista en un famoso, creo, no es la fama en sí, no es el reconocimiento público, o el mito, o la leyenda, sino el hecho que, debido a esa fama (debido a esa obra que le dio esa fama), es altamente probable que esa persona continúe viva para siempre”.


“Alguien una vez me dijo que un buen ejercicio para medir a tus autores favoritos es recordar aquellos que te ayudaron más. ¿O quizás lo leí? No lo tengo claro. Capaz que lo estoy inventando ahora mismo. Los autores que importan, aquellos que son tus héroes, son esos pocos que estuvieron ahí, junto a ti, cuando nadie más lo estaba”.



“¿Porque acaso ésa no es la misión de los artistas?: ayudar. Ayudar a que te sientas menos solo o más conectado. Ayudarte a que sientas que no eres el único, que hay gente que piensa o metaboliza igual. Un artista debe ser capaz de alejarte de este mundo, y, al mismo tiempo, acercarte a tu propio ser”.



“Con esta forma de medición, despejas mucho polvo de tu biblioteca porque los autores de moda o los políticamente correctos, aquellos clásicos que te ayudan a subir de pelo literario, desaparecen automáticamente. Tus autores son aquellos con que te topaste cuando necesitabas leer para sobrevivir, que releíste cuando te diste cuenta que tú también deseabas escribir. Escribir como ellos. Escribir parecido a ellos. O casi. No copiarlos sino homenajearlos. Afanarlos. Robarlos. Uno quería escribir igual a ellos pero con cosas de uno. Uno quería ser como ellos quizás porque la idea de ser como uno era no era la opción más atractiva”.

Kiri en México, antes o en el curso de la gala

El viernes pasado estuve en el debut en México de la soprano neozelandesa Kiri Te Kanawa (a sus tiernos 60 y pico años de edad). Mi reseña-crítica del concierto de gala Pro Ópera, que la cantante dio acompañada por la Orquesta Sinfónica Nacional, irá precisamente para la revista Pro Ópera. Pero acá anoto 4 breves apuntes:

UNO Una vez más decidí ir a Bellas Artes en metro, pues cada vez resulta más complicado meterse al Centro Histórico (no por nada llamado histérico) del De-Efe. Siempre, o casi, hay marchas, manifestaciones, bloqueos y demases. Antes de subir al metro vi que en los tenderetes piratas ya tenían a la venta en deuvedé (además de El código Da Vinci y otras) Silent Hill, la película, que en las salas nacionales será estrenada en julio. Nuestros piratas postaztecas sí que están al día (no todo nos llega, por fortuna, a los 60 y pico años de edad, ni a 130 años de estrenarse en Bayreuth, etc).

DOS Las filas para ingresar a Bellas Artes se extendían por la explanada y no parecían avanzar. Logré colarme al interior del Palacio y observé que las puertas del teatro aún permanecían cerradas. El concierto era a las 8 y para esto ya faltaban 5 minutos. Aunque la gente en la entrada y el medio del foyer no sabían qué estaba ocurriendo, me enteré que al sindicato se le ocurrió solicitar o tal vez concretar más prestaciones. ¿Será que a las autoridades les gusta que les apliquen la llave manita de puerco en público? Porque no es raro que estas presiones ocurran, y al paracer poco hacen para evitarlas. ¿Qué se puede hacer? Sentarse y negociar, pero no al 5 para las 8. Por otro lado, es probable que no se me crea a la primera, pero es divertidísimo (tristemente) mirar el interior de Bellas Artes hecho un merequetén. Cualquiera puede pensar de rápido que es como un escenario sacado de las novelas Terra Nostra o 2666 o Insomnio posmoderno (si ha leído ésas casi 3mil páginas en total), descontextualizado y sin belleza literaria: por supuesto. La gala inició poco más o menos 8:30.

TRES El tiempo ha pasado. Lógico. Dame Kiri, una leyenda, ya no es Kiri la que se hizo leyenda. Ahora es sólo la leyenda. Aunque no arriesgó nada en lo vocal, sólo cumplió, el público aplaudió con entrega no correspondida. ¿Y es eso lo que vale, el aplauso y el contento del público, o no? Alguien me dijo que era absurdo esperar la voz tal como en los mejores años, que lo que valía la pena de la gala era mirar la técnica, impecable, absoluta, extraordinaria. Y alguien más me dijo que la técnica, en sí misma, no es un mérito, que toda técnica es admirable sólo en relación para lo que sirve, en este caso: cantar, y que, por lo demás, en un cantante la técnica no se ve: se oye y que por lo oído, o no oído, pues como que hablar de técnica era como hablar de la técnica de un futbolista sin piernas. Luego se disculpó ante mí por la analogía tan irreverente, pero así veo las cosas, dijo.

CUATRO Los operófagos -mínimo los que se pusieron el saco- salieron regañados por el concertador Enrique Arturo Diemecke. Al iniciar la segunda parte de la gala, el director, que ya había iniciado la música, detuvo la orquesta y volteó a luneta y dijo que guardaran silencio, que los conciertos no eran para platicar, aunque fueran de ópera. ¿Aunque fueran de ópera? Qué habrá querido decir. Lo que pasa, me dijo al final de la gala la cantante xyz, es que como a la Sinfónica casi ni viene público y se toca con la sala semi vacía, salvo en contadas excepciones, pues es comprensible que el maestro se moleste con el rumor de una sala llena, como hoy.

¿De quién es el patrimonio común?

Ayer 27 recibí un ímeil del crítico de ópera Luis Gutiérrez Ruvalcaba con su perspectiva (+ acá de lo musical) sobre la gala de Kiri Te Kanawa en B.A. Hoy, en la Neza, en la ópera Ascanio, de Mozart, me lo topé y hablamos algo del texto:

-¿Tú crees que hice mal al escribirlo?
-No, no. Está bien.
-¿No está bien?
-Sí. Decía que no hiciste mal. Alguien debía decir qué pasó.
-¿Verdad que sí?
-Sí.
-Ahora lo que me dijo mi mujer es que no debería aparecerme por Bellas Artes, porque quién sabe si salga.
-El texto, me parece, es de interés público. ¿Puedo usarlo en mi blog?
-Todo tuyo.

Aquí lo posteo, con mi deseo febril de que Luis salga sano y salvo siempre que se aparezca x el Palacio de BA. La foto es de mi amiga Ana Lourdes Herrera.

¿De quién es el patrimonio común?
Por Luis Gutiérrez

Muchos de nosotros asistimos ayer en la noche a uno de los eventos culturales más importantes del año en el Palacio de Bellas Artes, el debut en México de una de las grandes cantantes del último cuarto del siglo pasado, Kiri Te Kanawa.

Los que acudimos al concierto vivimos una jornada por demás interesante. De entrada nos topamos en la glorieta de Cuauhtémoc con el espectáculo infame de un grupo de profesionales de la protesta acampados en un parque y contaminando el ambiente con heces fecales. A la entrada del teatro nos encontramos con una manifestación que hacía imposible la llegada al mismo, misma que tuvo un comportamiento disciplinado y que pedía disculpas a los transeúntes “por las molestias que le causamos”. Todo esto no es inusual, como tampoco el hecho de que los varios grupos de lumpen-electores que se manifiestan profesionalmente en contra o favor de cualquier cosa (sólo en horas hábiles), los llamados peseros que hacen “bases” donde les viene en gana, los “franeleros” que “cuidan y lavan” coches y los vendedores ambulantes, sean los verdaderos dueños de las vías mal llamadas públicas.

Pero ahí no acabó todo. Un grupo de unas 2000 personas, todas ellas con boleto comprado y pagadores de impuestos (“los dueños de las calles” sean pobres o no, no pagan impuestos) esperábamos a que las puertas de la sala de Bellas Artes se abrieran media hora antes del inicio del concierto. Sin embargo, las puertas permanecían cerradas. Algunos de los presentes empezamos a preguntarnos por qué y así tratamos de buscar la causa del retraso. Los guardianes de las puertas, siempre con la mejor disposición, nos informaron (informalmente claro) que el sindicato del INBA había “tomado” la sala y que impediría la realización del concierto hasta que sus demandas se cumplieran. Por supuesto, tales demandas se les ocurrieron ante la importancia del concierto al que asistirían muchas personas que, estimaron los señores líderes sindicales, no harían nada para interferir con sus planes. El hecho es que algunos de nosotros amenazamos con derribar una puerta. De inmediato los señores guardias se acercaron y, con mesura y educación (probablemente con más mesura que su servidor), nos dijeron que tuviéramos calma, que todo estaba por resolverse. En la coyuntura, una bella mujer de voluntad enorme, pero de estatura no muy alta y más bien de “peso mosca”, logró introducirse y hablar con dos “señoritas” que aparentemente eran las lideresas del numerito, quienes al darse cuenta que los presentes no íbamos a permitir otro atropello, aflojaron y “permitieron” la entrada del público y el inicio del concierto. Cuatro horas después continuaban las negociaciones con las autoridades del INBA. La petición (no incluida en el contrato de “trabajo”) es el otorgamiento de cursos de verano para los miembros del sindicato. Ya en 2005 se canceló una función de ópera pues miembros del sindicato “tomaron” la sala en demanda de más juguetes para sus hijos ya que se acercaba el Día del Niño. A las calles propiedad de los manifestantes profesionales, franeleros, vendedores ambulantes y peseros, se agregó el Palacio de Bellas Artes ahora propiedad del sindicato del INBA. ¿Cuál será la parte del patrimonio que perdamos en el futuro? No lo sé, pero ciertamente estamos viviendo en una ciudad y en un país que cada vez nos presenta menos esperanza. Por cierto, la admiración y amor que tengo por mi mujer creció exponencialmente ayer en la noche; ella fue quien se escabulló al interior del Palacio.

miércoles, mayo 24, 2006

Entre paréntesis


Otro epígrafe. Éste ya hecho, del libro Entre paréntesis, publicado a la muerte del entrañable detective salvaje, armado como se sabe con textos sueltos de Roberto Bolaño, aunque bien hilvanados en la edición de Anagrama.

"De lo perdido, de lo irremediablemente

perdido, sólo deseo recuperar la disponibilidad

cotidiana de mi escritura, líneas capaces

de cogerme del pelo y levantarme

cuando mi cuerpo

ya no quiera aguantar más".

Roberto Bolaño, Amberes

El anillo del nibelungo, conclusión, en Bellas Artes


Aquí está el colofón de esta larga travesía. Igual me hubiese gustado postear más fotos del Ocaso, pero la verdad no conseguí. Están algo escasas. De hecho, la consigna de la gente del Festival de México en el Centro Histórico ante los fotógrafos que asistieron a cubrir este cuarto título de la tetralogía fue: 5 minutos y se van. Esto lo sé porque el día del ensayo general, que fue la única función en la que se podían tomar fotos, me encontré a mi amiga la fotógrafa Ana Lourdes Herrera, quien me invitó al palco que le designaron a fin de cumplir su misión gráfica, para debutar como una especie de su asistente. Yo acepté, aun cuando tenía mi boleto para entrar a luneta. Pero eso nos dijeron a todos los fotógrafos, aunque yo no lo soy me puse solidario: 5 minutos y se van. Y, en efecto, a poco rato de que inició la función, nos sacaron como a arrendatarios morosos. Quizá esté exagerando un poco, pero eso sentí en aquel momento porque pensé que era como una cena en la que se despide al invitado apenas luego del aperitivo. Y tal vez ni eso. Porque El ocaso, se sabe, ronda las seis horas. No sólo vi a Lulú, que tenía su debida acreditación por escrito: documento que comprobé no sirvió de nada, sino a todos los fotógrafos con sus equipos aún sin guardar, que no fueron a pedirle nada a nadie: sólo cumplían con su trabajo como profesionales, salir a los pasillos primero con desconcierto, después con molestía, al cabo con indignación. Por supuesto, no faltó quien reía ante semejante medida. Y antes digan que no fueron cinco minutos, los dejamos diez porque somos buena onda, dijo todo generosidad uno de los tipos con gafete del festival ejecutores del desalojo. Yo no pude más que pensar en Dosto y me dije: humillados y ofendidos. Sin perseguir prerrogativas, para nada, sino sólo las condiciones adecuadas y la inteligencia mínima para que los reporteros gráficos pudieran cumplir con su trabajo. Ni modo, dijo uno de los fotógrafos una vez que metió su cámara, lentes y demás aditamentos en su mochila, ya vámonos: de mejores lados no nos han corrido.

El anillo del nibelungo —conclusión—
en Bellas Artes
Por José Noé Mercado

Yo dije: ¿has oído alguna vez a los Question Mark? Él dijo:
¿los Question Mark? ¿Quiénes son los Question Mark? Yo dije:
un grupo de rock, naturalmente. Él dijo: ¿tocan enmascarados?
Yo en el primer momento no entendí lo que él dijo.
¿Enmascarados? No, por supuesto, no tocan enmascarados.
¿Por qué habrían de hacerlo? ¿En México hay grupos de
rock que salen al escenario enmascarados? Él dijo: a veces.Yo dije: suena ridículo, pero puede ser interesante.

Los detectives salvajes
Roberto Bolaño

Si en estos días alguien en México intentara poner en escena El anillo del nibelungo de Richard Wagner sería tan ambiciosamente pretencioso y desmedido que, si lo lograra, no podría sino aplaudírsele por su hazaña. Por diversas razones. Entre las principales porque en nuestro quehacer lírico no hay suficientes recursos para este tipo de empresas: de hecho la producción de ópera escasea, por requerir un despliegue inusual de fuerza y voluntad humana, administrativa, técnica, artística y vocal, porque no hay que engañarnos ni engañar: el público nacional no es como que muy wagneriano que se diga, aun cuando nadie afirma que no podría serlo algún día. Y porque, a decir verdad y sin objetar su importancia estética, ¿hacer la tetralogía es una prioridad para un país que tiene tantas asignaturas pendientes, como México?

Lo mismo pudo decirse hace seis años, quizá se dijo, cuando Sergio Vela se propuso escenificar El anillo por primera vez en México, en coproducción entre diversas instituciones públicas y con apoyo de la iniciativa privada. El proyecto se culminó, a razón de un título por año, con las funciones de El ocaso de los dioses presentadas en el Teatro del Palacio de Bellas Artes, los pasados 26 y 30 de marzo y 2 de abril. No sé exactamente quién debería hacerlo, ¿público, crítica, funcionarios, artistas, pueblo, apologistas públicos que son criticones underground?, pero debe aplaudírsele a Sergio Vela por la materialización de esta aventura dramático-musical. Yo le aplaudo. Y sonrío con simpatía, incluso, ante su gesto yohiceano de presentarse en el escenario como Wotan en el tercer acto del Ocaso, inmerso en plena marcha fúnebre de Sigfrido, para consolar a —y consolarse con— Brunilda, aun a riesgo total de melodramatizar la tragedia.

Pero el alto valor de la concreción del Anillo del nibelungo en México (¿a quién se le ocurriría esa ridiculez de bautizarlo como el-anillo@mx?) a 130 años de su estreno en Bayreuth, no arrastra necesariamente consigo la calidad interpretativa y de la puesta en escena. Que en definitiva no puede sintetizarse, reseñarse o criticarse en un par de cuartillas. La crítica, por constreñirse para su publicación a un espacio limitado, sería injusta con la vastedad del espectáculo. Pasa con muchas obras, pero con la tetralogía pasa seguro. Si se mira en general, es fácil hablar de vaguedades y difícil reparar en lo particular. Si se mete el zoom para enfocar detalles, se pierde la perspectiva integral. Aunque ni lo uno ni lo otro es del todo apetecible, esbozo algunas consideraciones que algo mezclan lo particular con lo general.

Uno Toda elección es una trampa. Al escoger algo, se descarta lo demás. El anillo del nibelungo puede interpretarse de tantas maneras que cualquier lectura que se elija resulta limitada respecto a la riqueza de la obra. Sergio Vela y su equipo de creativos dijeron optar por una mirada abstracta al mito, que supuestamente recuperaría la base modélica wagneriana del teatro griego. Si a algún sector del público igual interesaba esta concepción y acercamiento al Anillo, puede darse por satisfecho. De lo contrario, pues no.

Dos Los leitmotiven escénicos propuestos por Vela y sus cómplices: Jorge Ballina Graf, escenografía, Víctor Zapatero, iluminación, Violeta Rojas, vestuario, y Jorge Ballina Garza, diseño de máscaras, empezando por mostrar las acciones a través de una embocadura circular y sobre plataformas movibles, con los cantantes enmascarados, mantuvieron, para bien y mal, una unidad conceptual a lo largo del ciclo. A ratos lució mucho la propuesta, pues desenvolvió la trama con buen trazo escénico (El oro del Rin, Sigfrido). En otros, se convirtió en una faja que no se dejaba ver sin monotonía y cansancio (La valquiria, El ocaso de los dioses), y no siempre completa si se le miraba en los extremos de la sala, ya no se diga en el anfiteatro o la galería, lugares en que la escena aparecía cortada y desde donde se veían de repente los tramoyistas en acción. Algunas proyecciones sobre la gasa colocada en la embocadura circular llegaron a ser espectaculares por su capacidad para recrear los escenarios y acontecimientos de la trama (las ondinas nada-vola-doras en El oro del Rin, la tormenta en La valquiria), pero otras fueron fallidas en el sentido de que sólo parecían tener la misión de amenizar un poco la escena (La cuerda desconectada, y levitante, de las Nornas, las nubes iterativas en el encuentro Brunilda-Waltraute, El ocaso de los dioses). El simple movimiento de las plataformas —y vaya que se movieron a lo largo del ciclo—, en muchos casos, fue sólo el simple movimiento de las plataformas. Hubo momentos en que pensé en voz alta, y alguien oyó y citó mi cavilación, que era ópera concierto sobre plataformas, por la carencia de acción, más bien de actividad, en escena y por su extendida oscuridad. Los conciertos sobre plataformas ni siquiera son originales, recuerdo que dijo mi citador, ¿no te acuerdas de los que hacía Alaska?

Tres La utilización de las máscaras, tan cuestionada por muchos, no hizo cantar más a nadie, pero tampoco se puede adjudicar a ella el nivel de canto —bueno o malo o mediocre— de ninguno de los participantes. La verdad es que no. El uso de máscaras permitió nutrir de cierta intemporalidad a los personajes (los dioses, los gigantes), pero los distanció, los volvió rígidos (todos los humanos). Lo mismo puede decirse sobre el movimiento corporal que permitió que algunos personajes adquirieran un carácter ritual, de plasticidad estética definida. Otros, sin embargo, se acartonaron o se veían chuscos haciendo expresiones, ininteligibles para los no iniciados, con brazos y manos, quizá parecidas aunque en slow-motion, como me dijo alguien, al Aserejé de las Ketchup.

Cuatro El nivel vocal de este Anillo fue irregular en sus cuatro partes. Vinieron muy buenos intérpretes (Stephen West, Pierre Lefèbvre, Barbara Dever, Mikhail Svetlov, James Johnson, Adrienne Dugger, Stuart Patterson, Katya Lytting, Elena Pankratova), otros decepcionaron y quedaron a deber. Desde Sigfrido, el ciclo se quedó sin protagonistas a la altura. Peter Svensson, aunque entregado y con timbre muy grato, no es Heldentenor y ni siquiera pudo completar las encomiendas del joven héroe de una manera más lírica. Al concluir el ciclo, él mismo reconoció en privado: troné. Sincero, al menos. Ursula Premm, que no es una mala cantante, solo que no tiene voz para Brunilda, pero sí para muchos otros roles menos dramáticos, mostró más experiencia, fue más medida, para no tronar como Svensson. Pero así como que mucho jugo a la partitura no saco. Andrea Silvestrelli con su cavernoso instrumento cantó bien (La valquiria) pero se cansó y casi quedó sin voz en varios momentos (El ocaso de los dioses).

Cinco Los mexicanos que participaron en diversos roles a lo largo de los cuatro títulos (Dante Alcalá, Encarnación Vázquez, Verónica Alexanderson, Lourdes Ambriz, José Guadalupe Reyes, Jesús Suaste, Verónica Murúa, Jorge Lagunes, Belem Rodríguez, Carla López Speziale e Irasema Terrazas —la única artista, de entre todos los cantantes, que completó el ciclo—) dejaron muy buena impresión sobre el nivel canoro de nuestro país. La mayoría a través de papeles muy breves, la verdad. Cero chovinismo, pero así fue.

Seis La dirección musical de Guido Maria Guida, al frente de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, a lo largo del ciclo fue notable. Aunque se entiende que notable no es sinónimo de memorable. Su trabajo, al menos el resultado, fue de más a menos. Lógico. El número de ensayos fue el mismo, por ejemplo, para tocar en El oro del Rin, que para preparar El ocaso de los dioses. Y entre aquel título y éste hay una diferencia básica: cerca de tres horas de duración menos. Se lograron pasajes de gran nivel en textura, color e intención (preludio y primera escena, llegada de los gigantes, ascenso de los dioses al Vahalla: El oro del Rin, la tormenta, la anagnórisis de los velsungos, el despojo de la divinidad de Brunilda: La valquiria, casi todo Sigfrido), pero otros quedaron sin relieve, abotagados, con grumo (El final del Ocaso: nunca se oyó el crepitar de las llamas, por ejemplo, la misma marcha fúnebre de Sigfrido, más bien discreta y sin esa intensidad casi cósmica del héroe abatido). La orquesta ya no matizó, no hubo sutileza. Tocaron en automático, sin asumir el reto o riesgo de la partitura. Aunque en los tres primeros títulos el concertador cuidó mucho la emisión y el ritmo vocal de los cantantes, en El ocaso se perdió el control del volumen orquestal: nadie, casi, se oía, ni siquiera el coro, ciertamente raquítico, pero a cambio de ello sonorizado. Ni así. Algunos solistas forzaron su canto e incluso su instrumento para tratar de ser audibles y por ello mermaron su voz durante las funciones. Entre tanto, Guido miraba su partitura.

Siete En El ocaso de los dioses se perdió el ímpetu inicial de esta singular empresa de escenificación del Anillo en México. Hubo desgaste en el equipo de producción y también en el público. Difícil mantener la misma emoción, el mismo entusiasmo por más de cinco años (si contamos la Gala Wagner, que sirvió como presentación oficial del proyecto). Pareció que el arsenal de recursos escénicos de Sergio Vela dispuestos para el ciclo y que tanto impactaron, por ejemplo en El oro del Rin, ya no dieron más de sí. Ya todo estaba visto. Incluso el cuidado decayó (de repente falló alguna proyección y vimos a las ondinas nadar sin agua, o el proyector se movió e hizo temblar la imagen del omnipresente anillo —hubo quien ya lo veía hasta en sueños— sobre la circunferencia de la embocadura).

Ocho No es responsabilidad de Wagner, aunque tampoco propiamente del público (¿y de la puesta en escena?), pero tuve que cuidarme de no recibir cabezazos durante las funciones de El ocaso, porque la gente, quizá no toda, desde luego, pero sí mucha, fue abatida por el sueño. ¿A qué se debería? En todo caso, al final del ciclo algunas personas me dijeron algo, sin duda cósmico: el tiempo ha pasado. Ya no estamos en el siglo 19 y aguantar sentados casi seis horas para ver un espectáculo en pleno siglo 21, inmersos en los ritmos de la televisión, el cine, el Internet, resulta un despropósito. En resumen, finalizaron, esta tetralogía, para bien y mal, fue como un viaje transatlántico en un bote de vela. ¿Será?

Nueve Ya se hizo El anillo del nibelungo en nuestro país, felicidades, y nada parece haber cambiado en la realidad de México, ni siquiera en la artística. ¿O sí? Quién sabe, incluso, si algún día se reponga esta producción para amortizar los importes invertidos o gastados en ella. Sergio Vela dijo en entrevista (Pro Ópera Año XI, número 2, marzo-abril de 2003) que hacer El anillo representa algo así como la mayoría de edad en el quehacer lírico de cualquier teatro. Bien. Ya somos mayores de edad, cualquier cosa que ello pueda significar, ¿y luego qué sigue?

martes, mayo 23, 2006

Sigfrido en Bellas Artes



La tercera entrega del Anillo en México, y entonces posteo mi tercera crítica. Las fotos son cortesía de mi amiga Ana Lourdes Herrera. Originalmente se publicó en la revista Pro Ópera.

Sigfrido en Bellas Artes
Por José Noé Mercado

La tercera entrega, segunda jornada de El anillo del nibelungo de Richard Wagner, se presentó en el Teatro del Palacio de Bellas Artes, los pasados 17, 19, 21 y 24 de abril, como parte de la primera escenificación integral en nuestro país (2003-2006) de la llamada tetralogía y en coproducción entre el Festival de México en el Centro Histórico y la Compañía Nacional de Ópera, con la colaboración del Patronato de la Industria Alemana para la Cultura.

Con la puesta en escena de Sigfried, Sergio Vela no sólo forjó el más logrado y satisfactorio de los títulos hasta ahora vistos del Anillo en Bellas Artes, sino, probablemente, uno de los mayores éxitos en sus tres lustros como director escénico.

Su trazo discurre con elocuencia la trama de la obra: la ayuda: la cuenta, nunca la impide. Desde luego, se trata de un trabajo en equipo y, en general, concordante con la propuesta estética que el público pudo apreciar en El oro del Rin y La valquiria. Dicho de otro modo: escénicamente hay unidad y coherencia en este ciclo, que ha ganado vitalidad y dimensión en los aspectos visuales.

Escenografía de Jorge Ballina Graf e iluminación de Víctor Zapatero: fueron elementos fundamentales del discurso, pero igual atractivos y sólidos: contemporáneos, que nunca traicionaron las disposiciones de Wagner, sino al contrario. Con herramientas propias de la tecnología actual, con códigos expresivos de nuestros días, la producción re-interpretó y re-creó esta colosal obra de arte. Y además lo hizo con belleza plástica, con puntual atención a lo que ocurre con el pensar y sentir de los personajes, y no menos a la música. El vestuario de Violeta Rojas no hace menos que reforzar todo el concepto, en una especie de mezcla entre lo retro y lo futurista, que se complementa con el diseño de máscaras de Jorge Ballina Garza.

Peter Svensson: tenor austríaco: otrora Niño Cantor de Viena, interpretó a Sigfried con enjundia y entrega, merced a una voz central resistente y de buena proyección, aunque no en todo instante de corte heroico. Vocalmente se descompuso en la escena de la forja, no sólo en cuadratura y afinación, sino (y eso es lo que más sorprendió considerando su experiencia en el rol) en la técnica vocal con la que enfrentó el pasaje. Deficiente técnica podría acotarse. Es de los cantantes que no hacen pase en la voz, no hace el giro, sino que suben parejo al agudo. Esto nada tiene de censurable (varios célebres Heldentenoren cantan de esa manera) siempre que se domine, aunque no fue el caso. La voz del tenor pareció meterse en un embudo que la adelgazó y que no logró llevarla a la nota pretendida.



No obstante su cortedad en el registro agudo, el cantante acometió con entrega el resto de la obra y regaló a los asistentes momentos teñidos de emotividad por su compromiso vocal e histriónico. Tan metido estaba en su papel, que casi al finalizar el segundo acto, luego de un descuido en que se le zafó de la mano Nothung y que ésta resbalara por las plataformas inclinadas de la escenografía hacia el suelo del teatro, Peter Svensson, sin dudarlo, se arrojó de cabeza para tratar de impedirlo, ignorando el riesgo que él mismo corrió de caer varios metros por su acción, en lo que habría sido un accidente de serias consecuencias. “Es el problema de que no conozca el temor”, chancearon en el segundo entreacto el director de escena y el autor material de estas líneas.

Stuart Patterson, tenor escocés, ofreció una brillante caracterización de Mime, explotando los recovecos psicológicos y escénicos del nibelungo, con una surtida gama de recursos vocales y de actuación. Como Viandante, Stephen West (el bajo-barítono que interpretara a Wotan en El oro del Rin) mostró su abrazadora, bella y contundente emisión vocal, pero sólo durante el primer acto, pues en el segundo se anunció enfermo de bronquitis y para el tercero, pese al esfuerzo y empeño que brindó el cantante: acción que reconoció el público, su instrumento ya no podía cantar más, por lo que tuvo que marcar simplemente.

La soprano alemana Ursula Prem fue llamada como emergente ocho días antes del estreno para interpretar a Brunilda y cumplió, descontando un par de agudos un tanto abiertos. Complementando el elenco, el barítono Jesús Suaste abordó a Alberico, la contralto Elsa Waage hizo lo propio con Erda, mientras que Patrick Simper cantó desde el foso a Fafner, mismo caso de Irasema Terrazas como Waldvogel. Además de su linda interpretación del Pajarillo, esta soprano mexicana destacó por ser la única cantante que ha participado en los tres títulos presentados hasta el momento del Anillo en Bellas Artes.

Sobre el estreno de Sigfrido en nuestro país, en 1947, cantado por el gran Heldentenor Max Lorenz, reseña en su libro La ópera en México de 1924 a 1984 Carlos Díaz Du-Pond: “El primer acto aburrió soberanamente a los espectadores, aun cuando ya los vagnerianos que habían llenado el teatro a su máximo protestaban de la ignorancia del público”.

En 2005, el resultado fue muy distinto y en él se encuentra el mérito del director de escena, sin dejar de lado la relevante labor de supertitulaje de Francisco Méndez Padilla: Sergio Vela, con la puesta en escena exhibida, logro que propios y extraños, wagnerianos y no, salieran del teatro, luego de cinco horas y media, complacidos y más interesados, aunque sólo haya sido de palabra, en el arte de Richard Wagner.

La valquiria en Bellas Artes
Va mi crítica de la puesta en escena del segundo título, primera jornada de la tetralogia. Las fotos, de nuevo, son del FMCH. Igual la publiqué en la revista Pro Ópera.

La valquiria en Bellas Artes
Por José Noé Mercado

La epopeya continúa. La valquiria, primera jornada de El anillo del nibelungo de Richard Wagner, se presentó en el Teatro del Palacio de Bellas Artes, los pasados 11, 14, 16 y 18 de marzo, en el marco del XX Festival de México en el Centro Histórico, bajo la dirección escénica de Sergio Vela y musical de Guido Maria Guida.

El primer aspecto destacable de esta producción es la coherencia y unidad conceptual que guarda respecto a El oro del Rin, víspera de la llamada tetralogía, que presenciamos el año pasado. Esta vez, las funciones cobraron una especie de carácter ritual por su línea, casi, absolutamente abstracta, que permitió recrear sin elementos distractores el espíritu trascendental del arte wagneriano.

Este es sin duda un punto favorable que debemos reconocer en la puesta de Vela, pues las atmósferas escénicas logradas tienen mucho apego con lo dispuesto con Wagner, aun cuando tienen su toque creativo, o sea, reinterpretado. Otro acierto en la dirección escénica fue mostrarnos que La valquiria, pese a ser colosal en sus dimensiones, como el mismo ciclo al que pertenece, es, podríamos decirlo así, como una obra de cámara que adquiere sentido en la relación íntima de sus personajes.

Entre otros leitmotiven de este ciclo, también presenciamos los acontecimientos dentro de un círculo-anillo que representa el mundo mismo. Nuevamente los cantantes usaron máscara, con lo que la expresión del intérprete se elimina para proyectar el carácter arquetípico de los personajes. Extrañamos, no obstante, la presencia de las Nornas (quienes entretejen el destino y que ya habíamos visto en El oro) en los pasajes en que las acciones se recuentan o se vislumbran, pues el año pasado demostró ser un recurso que ayuda a disolver la monotonía escénica propia de los largos diálogos o monólogos.

En el primer acto, quizá el más vistoso de los tres, los trazos y la composición física de la escenografía diseñada por Jorge Ballina Graf nos sugirió el agobio que se respira en la casa de Hunding y que padecen Siglinda primero, Sigmundo después y ambos al final. Por ello resultó significativo cómo la asfixiante morada no resistió la pasión de hermanos-amantes, se abrió en un símbolo de libertad y así “Las tormentas invernales ceden ante la primavera”.

Es una lástima que vocalmente no se haya alcanzado el mismo nivel que en la escena, completada por una serie de proyecciones que recrearon una tormenta al inicio y el ramaje del fresno después. Al tenor David Kelso le quedó grande el rol de Sigmundo. Su voz nasal y desafinada, por eso mismo insegura, poco pudo transmitir del heroísmo requerido por su personaje. Su monólogo resultó tímido y cuando tomó la espada pareció desganado.

La soprano Dinah Bryant hizo su máximo esfuerzo para enfrentar la escritura vocal de Siglinda, pero no lo consiguió. Su emisión sonó tirante y, por momentos, gritada, aunque ni así se sobrepuso a la orquestación. El bajo italiano Andrea Silvestrelli como Hunding, en cambio, logró imponer su cavernoso instrumento y dar credibilidad a su rol. Los desempeños referidos de estos tres cantantes no se modificarían en el siguiente acto.

En los actos siguientes, el contenido visual se redujo a presentar a los personajes en la omnipresente y mudadiza plataforma sobre la que se desarrolla el ciclo. Salvo los instantes en que vemos detrás el Valhalla o los caballos voladores de las valquirias, del fondo de la escena se posesiona una completa oscuridad que de pronto (después de más de dos horas) parecería engullir las acciones, en penumbra, del escenario. Esta disposición estética podríamos entenderla, al menos de dos formas: a) Sin mayor análisis, Wagner, y al parecer Vela, nos sitúan sobre rocosas y escarpadas montañas, en una época remota; b) En aras de adquirir la mayor significación a través de lo abstracto, el concepto se anuló a sí mismo. Las dos posibilidades, desde el punto de vista artístico son válidas por completo, aun cuando algunos miembros del público argumentaran, decepcionados, que no había nada qué ver. Todo estaba ahí.


La famosa Cabalgada de las valquirias del acto tercero, cuya propositiva intención de mostrar, como he dicho, caballos voladores, fue la única nota que desentonó en el montaje, debido al matiz amable y simpático que adquirió la escena al mostrar no sólo el naturalismo de los animales utilizados, sino su delatora falsedad. No se exhibió furor teutón y sí en cambio las pequeñas y dulces voces de siete valquirias mexicanas (Verónica Murúa, Irasema Terrazas, Lourdes Ambriz, Encarnación Vázquez, Belem Rodríguez, Carla López-Speziale y Verónica Alexanderson) y una portuguesa (Helena Pata). Todas ellas son buenas cantantes, pero sus características vocales no combinan muy bien que digamos con este repertorio.

Por lo demás, el resto de las escenas fueron bastante notables, con actuaciones ritualizadas, de fino gusto y gran sentido estético. Desde luego, algunos intérpretes desarrollaron mejor sus movimientos que otros, como fue el caso de la mezzosoprano Katja Lytting en el rol de Fricka, quien, asimismo, cantó con solvencia técnica y expresiva.

Del Wotan del barítono heroico James Johnson y la Brunilda de la soprano dramática Adrienne Dugger, no podemos sino expresar elogios. El primero emitió con calidez y eficiencia su voz. Utilizó los matices en su canto, resistió los embates de la pesada orquesta y coronó su actuación, sin merma, con un hermoso y conmovedor despojo de la divinidad a su hija. La segunda lució su magnífico instrumento vocal, inyectado con fuerza y entrega. La anunciación de la muerte a Sigmundo fue un pasaje muy bien resuelto y dio muestras de la autoridad de su canto.

En general, la dirección concertadora de Guido Maria Guida, aunque lenta en algunos momentos y poco vehemente en otros, fue destacada. Logró extraer de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes un sonido decoroso, wagneriano para decirlo con claridad, aun cuando la profundidad de una partitura como ésta, sólo se alcanza al ejecutarla con asiduidad. Siendo sensatos, no podíamos pedir más, por decirlo en otras palabras.
El oro del Rin en Bellas Artes

Ésta es mi reseña-crítica del primer título de la tetralogía. Es bastante fome y detecté en ella varias torpezas en su escritura. Mi religión debió prohibirme releerla, pero no: la releí. Fuera de ello, es la que escribí en su momento. No tengo otra. Así que procedo a postearla. En sí, concuerdo con lo que dije, pero no tanto en cómo lo dije. Bueno, es inédita, sólo pocos amigos la leyeron algún día. En Pro Ópera se publicó una crítica, que más bien era una reseña, que yo difundí de puro buena onda por í-mail, pero que no era mía. Era un texto publicado en Wagnermanía, ignoro el autor. Supuse que eso se entendía, lo cierto es que no se entendió y se publicó firmada por mí. Y ésta, que era la buena, se quedó en alguno que otro kbs del disco duro de mi editor. Ya luego lo aclaré ante los lectores, fue culpa mía, y mi editor me enseñó que en estos asuntos lo que no es explícito no está implícito. O algo así. La idea es ésa. Las fotos son del FMCH.

El oro del Rin en Bellas Artes
Por José Noé Mercado

La titánica travesía ha comenzado. La primera escenificación integral en México de El anillo del nibelungo, solemne festival escénico para tres noches y una víspera, del compositor alemán Richard Wagner (1813-1883), inició, en el Teatro del Palacio de Bellas Artes, durante marzo pasado, los días 20, 23, 25 y 27, con cuatro funciones de El oro del Rin, prólogo de esta gigantesca obra dramático-musical.

El Festival de México en el Centro Histórico, en coproducción con la Compañía Nacional de Ópera, la Universidad Nacional Autónoma de México y Pro Ópera, brindó al público la posibilidad de disfrutar de este primer inciso de la llamada Tetralogía (en realidad se trata de una trilogía prologada), como platillo medular de las actividades artísticas de su XIX. edición. Será en 2004, 2005 y 2006, cuando el ciclo se complete con La valquiria, Sigfrido y El ocaso de los dioses, respectivamente.













El anillo del nibelungo, hasta el momento, puede considerarse por sus dimensiones como la obra de arte más colosal elaborada por un solo hombre. El conocimiento profundo de estudios mitológicos, literarios y filológicos de origen escandinavo y germánico, sirvieron a Richard Wagner como fuente de inspiración para crear su propia cosmogonía.

En 1848, Wagner pretendía escribir una ópera heroica que llamaría La muerte de Sigfrido, misma que habría de convertirse en El Ocaso de los dioses, precedida de un segundo libreto —escrito posteriormente— titulado El joven Sigfrido y de un tercero llamado El castigo de la valquiria, todo esto antecedido por un gran prólogo denominado El robo del oro del Rin.

Al contar ya con el libreto integral, Wagner redactó la música para las cuatro obras que estructuralmente forman El anillo del nibelungo. Este ambicioso proyecto se prolongó durante 26 años, ya que fue hasta 1874 cuando el compositor de Leipzig escribió, al pie del último compás de la partitura, la frase “No digo nada más”.

El estreno del ciclo completo debió esperar aún dos años (agosto de 1876). Es decir, desde que Wagner emprendió la composición de esta colosal empresa, hasta que la viera escenificada, en el Teatro del Festival de Bayreuth, construido ex profeso para la ocasión, habrían de transcurrir 28 años.

A 126 años de distancia, se inició en México, con las consecuentes expectativas en el ambiente lírico, la primera producción del Anillo, que cuenta con la dirección escénica de Sergio Vela y la concertadora de Guido Maria Guida.

Aun cuando la concepción de El oro del Rin presentada por Vela conviene ser analizada en relación con las siguientes tres producciones, es posible entenderla como una propuesta imaginativa, talentosa y surgida de un profundo estudio, que a veces sólo el amor puede propiciar, del espectro lírico wagneriano.

Esta puesta en escena recuperó la esencia original de la obra, ya que los elementos tecnológicos utilizados por Vela y equipo, contribuyeron decisivamente a recrear los escenarios dispuestos por el propio Wagner. De esto se concluye que fue espléndido el trabajo de Jorge Ballina Graf en la escenografía y de Víctor Zapatero en la iluminación.

Después de tantas escenificaciones con interpretación política y sociológica de nuestro tiempo, al presenciar esta producción fue como volver a los orígenes. Fue como ver la obra desvestida. No sé si fue intencional o no, pero Sergio, en su búsqueda de reinterpretación en la que siempre se ha caracterizado por innovar en distintos aspectos, esta vez se convirtió en un atento y riguroso director wagneriano a la antigua

El público pudo presenciar a través de los personajes auténticos arquetipos, difícilmente ubicables en tiempo y espacio, y, por lo tanto, trascendentales, para lo cual fue decisivo el uso de máscaras –diseñadas por Jorge Ballina (padre). Nunca vimos en el escenario a los cantantes ni sus respectivas expresiones naturales, sino la sustancia misma de dioses, gigantes, nibelungos y ondinas.

En un plano estético, se pudo observar el desarrollo de las acciones dramáticas a través de un círculo, el mundo mismo finalmente, cubierto por una gasa. Esta disposición nos transportó a la dimensión artística, al tiempo que sugirió que nosotros, como espectadores, no somos parte de ella, sino en el sentido contemplativo. Vela marcó claramente una línea divisoria entre escena y público. Así pareció insinuarlo, además, el simbólico movimiento corporal a cargo de Victoria Gutiérrez. Es obvio que los personajes en escena no se mueven, ni se expresan igual que lo hacemos todos en la vida diaria.

Aunque hay también pequeñas disonancias en esta puesta. El recurso del proyector fue muy bien empleado, sobre todo en la escena con las ondinas y Alberico, pues las imágenes que se lograron eran para dejar de respirar. No obstante, en los flash forwards con las Nornas —ya incluidas como tejedoras que son del hilo del destino—, considero que las figuritas blancas que se proyectaron fueron demasiado simples y desentonaron con el resto de las proyecciones.

Por otra parte, la línea generalmente simbólica y abstracta que imperó durante la obra y que sólo nos sugiere, para interpretar, acciones tan importantes como, por ejemplo, el robo del oro en la primera escena, desentonó con el sentido en exceso figurativo del dragón o el sapito, animales en los que se transforma Alberico en la tercera. Aquí nada nos quedó a la interpretación y, de hecho, hizo demasiado amable, quizá chusco, el pasaje.














En el terreno vocal, Wotan fue interpretado con prestancia y autoridad por Stephen West. Su bella y expresiva voz corrió con calidez por el teatro. Barbara Dever fue una adecuada Fricka. Al inició, Alberico fue interpretado de manera excelente por Jürgen Linn, aunque a partir de la tercera escena su instrumento acusó cansancio, se tornó débil y amenazó con extinguirse. Y se extinguió. El Mime de José Guadalupe Reyes fue extraordinario. Mikhail Svetlov Krutikov se desempeñó notablemente como Fafner, mientras que Marc Embree sonó demasiado ligero y sin color vocal.

La escena con las ondinas nadadoras fue, como ya he consignado, uno de los pasajes más logrados de la puesta. Lourdes Ambriz, Verónica Alexanderson y Encarnación Vázquez cantaron de maravilla, aunque esta última dejó escuchar un vibrato en ocasiones desagradable. El Loge de Pierre Lefèbvre fue un poco nasal por momentos y con timbre algo gastado, aunque de muy buen desempeño general.

En cuanto a belleza se refiere, destacaron las piernas de la diosa Freia, interpretada por Irasema Terrazas. Dante Lorenzo Alcalá cantó con seguridad y afinación el pequeño papel de Froh. Jesús Suaste, abordó con elegancia y distinción el rol de Donner, aunque quizá éste no requiere de tanta corrección y pulcritud, si consideramos que más bien su actitud es agresiva, violenta y bravucona, características que se proyectan en su canto. Anastasia Souporovskaya intervino como Erda, con indudable solvencia.

La Orquesta del Teatro del Palacio de Bellas Artes se hizo escuchar bastante bien, si pensamos que el wagneriano, no es su repertorio habitual. Tocar Wagner es toda una especialidad. El trabajo de Guido Maria Guida fue cuidadoso y con buena idea en su objetivo sonoro. Verdad es que hubo desafinaciones y descuadres, pero también momentos llenos de expresividad y majestuosidad musical, como la entrada de los dioses al Valhalla.

Es muy probable que esta puesta en escena se inscriba en la memoria lírica del público que la presenció. No cabe duda de que Vela y sus cómplices se han consolidado como el equipo más talentoso y propositivo del quehacer operístico en el México actual. En todo caso, es menester mencionar que sin el esfuerzo del joven Sergio, quizá sueño obstinado o capricho, como algunos dicen, este magno festival escénico de Wagner hubiera tenido que aguardar por muchos años más su estreno en nuestro país.