La foto salió chueca, ciertamente. Pero era eso, si quería evitar el reflejo.
Y nada, ya está todo listo, para cuando llegue el momento. Estoy, más bien, ansioso. Veamos cómo se dan los acontecimientos.
Autor de NSFW (No abrir en público): Diez relatos perturbadores (Universo de libros); Apocalipsis zombi (Ediciones B - Penguin Random House); Backstage (Tierra Adentro); y Luneta-2 (Cuadernos de El Financiero).

Por lo que respecta a la parte artística de este ciclo de funciones, y una vez dicho lo de la caja negra y el concepto pobre de la puesta en escena, ¿o era puesta en concierto?, es preciso señalar el desconocimiento del género operístico que demostró el director de escena Horacio Almada. No dio muestras, siquiera, de comprender la música, de desarrollar la historia a partir de los ritmos, de las respiraciones, del sentido, que se desprenden al ejecutar la partitura melódicamente rica e intensa de Chaikovski. La música le quedó grande al director Almada, por algo más que obvio y simple: jamás la sintió escénicamente y menos pudo hacerla sentir en el trazo marcado a los personajes. Almada, junto con Mauricio Trápaga (él además firmó la iluminación), se encargó, con igual infortunio, del diseño de escenografía y vestuario.


Edificios en edificio
Las fotografías incluidas en este primer post-galería fueron tomadas en la ciudad de DeEfe, así que en parte son reconciliadoras ahora que se ha vuelto una capital ensangrentada. DeEfe es operativos estúpidos y homicidas, irresponsables, ejecuciones que generan terror en la gente, pero también es más que eso. Es un espacio, un territorio, que se vive.
Como ya se ha dicho, en DeEfe las distancias no se miden en kilómetros, sino en horas. Y manejar en esta ciudad es una travesía a veces muy aburrida. Una de mis malas costumbres, últimamente, es la de tomar fotografías mientras manejo para distraerme un poco. Es entretenido. El acto, por supuesto, requiere cuidado y atención. Ya no debería practicarlo.
Es obvio, pero no tan evidente para muchas personas, descubrir los matices de un sitio dependiendo del día, de la hora, de la luz y el enfoque. En ocasiones somos tan rutinarios que sólo conocemos los lugares a cierta hora, en cierta mirada. Hueva.
Pocas experiencias tan solitarias como deambular en el auto mientras la mayoría en la ciudad duerme. Y si aparte llueve todo se potencia.
Esta foto es como Macondo da paso a McOndo. Y cuando la naturaleza se hizo a un lado, lo urbano estaba ahí.
Pemex de ladito
Conducir sin tanto tránsito puede ser tan placentero como descubrir esos sitios iconos que, quizá a diario, sólo nos contemplan. Es una metáfora, no nos contemplan, son inanimados, pero es raro, muchas veces nos remontan y, seguramente, nos trascenderán. Y cuando algún día ya no despertemos, los edificios seguirán ahí.
Pocas ocasiones contemplamos las pieles, la textura, los colores de aquello que nos contiene.
Un plano holandés, creo que se llama, en un lugar crucero, un punto de encuentro para mucha gente, en el que, mientras espera, oberva que la demás gente va y viene. Cumple destinos, cursos, enfrente del nuestro.
Una fachada que escurre ante las inclemencias del tiempo. Me imagino cómo escurre el rostro del ser humano en la misma situación.
La hora mágica, ya ha oscurecido pero queda algo de luz, sin que se encienda la luz eléctrica. Buen momento para pensar que más fotografías, luego. Por hoy, este primer post Imágenes q no dicen + q mil palabras. Para alguien que prefiere escribir, no está mal. Pero ya es suficiente.

Déficit es el debut de Gael García Bernal como director cinematográfico. El argumento de la cinta es resumible así: Cristóbal, que espero que ya haya quedado claro es el propio Gael, organiza una fiesta-comida en su casa de descanso de Tepoztlán, Morelos, e invita a sus amigos que son casi tan desmadrosos, viciosos y clase-burgueses como él. La mansión, en la que también estarán los amigos de su hermana Elisa y los sirvientes, en realidad es de sus padres que, como sabremos más adelante, andan en Europa, porque al papá, un ejemplar nato del político transa mexicano, le andan pisando los talones. Es ésa la clase alta que retrata la película, encumbrada por la corrupción y su poder, que contrasta con la clase humilde, marginada, empobrecida no sólo en el bolsillo sino en su ventana al mundo.
El casi que diferencia a Cristóbal de sus amistades es importante y da sentido a la trama. Él, de a poco y en esa soledad que sólo se siente acompañado, va cobrando conciencia de la sociedad frívola y superficial, putrefacta, en la que vive, a la cual pertenece sin quererlo, sin orgullo particular. Cristóbal es un estudiante de economía fresa e hiperlactante, rico (acaso condenado a repetir los pasos de su padre), que no lo tiene todo ya que justamente no se ha rescatado a sí mismo. Porque tampoco se resiste demasiado a pertenecer, de hecho a ratos disfruta perteneciendo, porque carece de fuerza para ponerse donde quiere estar.
Su hermana, Elisa, es una boba niña nice, fiestera y droga, dañada igual que Cristóbal porque su necesidad de afecto verdadero está insatisfecho. Las amistades de Elisa, igual que las de Cristóbal, son intercambiables, aprovechadas, sólo sirven para el reven.
Como contraparte, en los sirvientes, en los marginales, está Adán (Tenoch Huerta), que de niño fue amigo de Cristóbal. Pero ahora ha crecido y acumula rencor y odio contra los patrones, contra la sociedad que lo oprime: de ser un compañero de juegos futbolísticos en la infancia, Adán pasó a ser para Cristóbal (por modales, por pudor, lo piensa pero no se lo dice sino hasta que ya no puede contenerse) un pinche naco.
Burgueses y nacos, su convicencia, su problemática, la guerra de sus mundos, que por cierto en la película nunca comienza, es la esencia de este filme.
El debut de Gael García Bernal como director da un balance positivo.
Saca el jugo que puede al tema para nada nuevo del clasismo, porque le da toques contemporáneos, suyos. Si bien no se resiste a incluir algunos clichés de película de fiesta de jóvenes como la infaltable escena en la piscina, la cinta tiene tomas, secuencias, planos, que transfieren personalidad del director a su creación. La vuelve obra de autor y eso siempre resulta meritorio. No todos llegan a ello, y menos lo logran en su ópera prima.
El guión de Kyzza Terrazas resiste sólo si uno resiste con él algunos lapsos casi muertos, insustanciales, fomes, en los que la única acción proviene de que avanza el día, pero alcanza a contar la trama y explora con conocimiento el lenguaje defeño siglo 21. No faltan los qué pedo, güey, el huevos, puto, los no mames, güey, si bien en algunos momentos los diálogos parecen escritos para la foto, posados, para exportar, lo que gana en risas e instantes simpáticos, pero resta sustancia dramática.
Aunque lo intenta, la película no confronta la vida de la sociedad pudiente con la de las clases marginales que deben servir para sobrevivir, sólo las contrasta. El conflicto no estalla, se queda al acecho, ronda. Pero, sin duda, el gran soporte del filme viene de la actuación del propio Gael, quien suma Cristóbal a su repertorio de tipos charolastra-perrunos, hiphoperos, que le van tan bien. Su interpretación es sincera, destacada y está por encima del resto del reparto que, en su defensa, debe decirse que ha de encarnar personajes insustanciales, decorativos (la presencia de la Máfer -la riquísima Ana Serradilla-, por ejemplo, es anecdótica), que son necesarios sólo para que la trama funcione. Quizá eso es lo que nos quiere decir el director con una iluminación que a ratos muestra rostros ensombrecidos, difuminados, confusos para el espectador.
El final de la cinta tiene fuerza en la medida que devela algo no tan evidente: aquello de lo que en realidad va la película: el verdadero conflicto de Cristóbal: su soledad, expuesta en este punto cuando más compañía y ayuda necesita. Por una razón u otra, sus amigos fallan, incluso Dolores (Luz Cipriota), la argentina apenas conocida que aparentemente ha conectado con él. Todos mantienen con Cristóbal una relación en la medida de su conveniencia, nada más. Lo usan. Y él acepta: se ha dejado usar para sentir que no está solo.
El cierre también tiene carácter y propuesta del director: queda abierto, pero encaminado. Con rumbo. Cuando llega el final, uno puede, incluso, olvidarse de la casi siempre monótona fotografía: la locación y la fiesta en sí no dan para tanto, o de lo irrelevante de algunas situaciones, para quizás entender, con Cristóbal mirando por una ventana oscura, quebrado, que a veces tener cuesta. Genera déficit. Porque al tener tanto, una posición con dinero malhabido, padres lacras, amistades de mierda, costumbres de una sociedad corrupta, en decadencia, uf, la mexicana, cómo no salir perdiendo.

Jenufa en Bellas Artes
Por José Noé Mercado
Tiene algo de gracioso comprobar que algún sector del quehacer operístico de México anda atrasado de noticias. Y se entusiasma, a grado de hacerse parecer esnob, al descubrir compositores nuevos o al menos contemporáneos como Leoš Janáček. Y luego procede, incluso, a criticar con tono perdona-vidas los caballitos de batalla, lo mismo títulos que compositores, casi todos del repertorio italiano, alguno del francés o alemán, que habitualmente conforman la contada actividad lírica nacional.
Todo esto, aunque tenga gracia, más bien es sintomático. Porque considerar a Janáček (1854 – 1928) y su ópera Jenufa (1904) como algo contemporáneo y venirle a encontrar, en pleno siglo 21, sus aportaciones a la historia operística, no es esnobista. Ojalá eso fuera. Es simple y llanamente la actitud del wannabe, del que quiere ser porque no es, que define a la perfección el estado lírico de nuestro país.
Y nos indica cómo están las cosas, cuál era el terreno de cultivo, ahora que el 24 Festival de México en el Centro Histórico, en coproducción con la Compañía Nacional de Ópera como parte de su Temporada 2008, estrenara Jenufa en el Teatro del Palacio de Bellas Artes (a sólo 104 años de su estreno original en Brno), presentando funciones 10, 13, 20 y 22 de abril, además del ensayo general, el 8, anunciado como función especial de prensa (en la que, con el pésimo tino que ya se va haciendo costumbre en las ediciones del FMCH, a los reporteros gráficos se les limitó a estar sólo en los primeros cinco minutos de la representación, lo cual por todos lados es un despropósito para la adecuada cobertura del evento, además de un gesto grosero y pedante: cinco minutos y se van, ¿así o más majaderos?).
Al margen de todo lo dicho, esta producción de Jenufa, en realidad, fue bastante buena por funcional y decorosa. Se logró tanto en los aspectos músico-vocales, cuanto en los discursivos-escénicos. La CNO se sacó una espinita de las muchas que tiene clavadas en su labor de producir ópera. Ojalá mantenga constante ese paso. Por bien de todos.
Por lo que toca al reparto, la soprano checa Helena Kaupova interpretó al personaje que da nombre a la obra y lo hizo con calidad canora, acento dramático y sufriente: víctima. En la cuerda tenoril, el también checo Ales Briscein estuvo en el rol del galán-gañán desentendido Steva y el italiano Gianluca Zampieri en el de Laca, también galán-gañán, pero que aspira y consigue por estar siempre ahí lo que Steva tuvo y despreció: los favores de una torpe y masoquista Jenufa. Ambos, uno más ligero, el otro más dramático, cantaron con voz y técnica sólida, aunque histriónicamente no son ejemplo de calidez.
La legendaria Catherine Malfitano se lució al encarnar a la Sacristana Kostelnicka, no sólo con una voz caudalosa, potente y autoritaria, sino con un fuelle actoral que dominó el escenario cada vez que apareció en él. E incluso cuando no estaba, porque el calibre y los quilates de una intérprete como ella se incrustan de inmediato en la memoria de quien los ha presenciado.
Las voces mexicanas de Irasema Terrazas, Armando Gama, Carla Madrid, Belem Rodríguez y Arturo López completaron el elenco con buenas participaciones, si bien sus personajes no pueden sacudirse lo insustancial, como los demás, los protagónicos, en su construcción, también tienen que enfrentar tics, prejuicios y lugares comunes que acercan la trama realista, de tintes expresionistas (expresionismo no alemán, sino checo, lo que significaría no estados de ánimo excesivos, sino un rico abanico emocional), a personajes algo acartonados, sin transiciones. Planos.
De cualquier manera, el trazo escénico de Juliana Faesler sacó el mayor jugo posible a esta historia, discurriendo la trama con movimientos respetuosos del entramado musical. Con una iluminación discreta pero efectiva, una escenografía pobre, es decir bellasartesina, aunque bien dispuesta, lógica y funcional. Eso sí: con el infaltable cliché del ciclorama al fondo del escenario mostrando imágenes o colores de entorno y relleno al mismo tiempo.
Al frente de la Orquesta y el Coro del Teatro de Bellas Artes se contó con la concertación de Jan Chalupecky, una batuta conocedora que brindó idea y destino hacia el cual dirigirse en esta partitura de Janáček, un mérito no menor en estas funciones.

La clave para comprender la relevancia de Janáček la dejó muy clara el escritor Milan Kundera, también nacido en Brno, en su célebre ensayo sobre este compositor en Los testamentos traicionados:
“Janáček nació en 1854. Toda la paradoja radica en eso. Este gran personaje de la música moderna es el mayor de los últimos grandes románticos: tiene cuatro años más que Puccini, seis más que Mahler, diez más que Richard Strauss. Durante mucho tiempo escribe composiciones que, debido a su alergia por los excesos del romanticismo, no se distinguen más que por su acusado tradicionalismo. Siempre insatisfecho, siembra su vida de partituras inacabadas; sólo con el cambio de siglo llega a su propio estilo. En los años veinte, sus composiciones ocupan su lugar en los programas de concierto de música moderna, al lado de Stravinski, Bartok, Hindemith; pero tiene treinta, cuarenta años más que ellos. De ser un conservador solitario en su juventud, pasó a ser en su vejez un innovador. Pero sigue estando solo. Porque, aunque solidario con los grandes modernistas, es distinto a ellos. Llegó a su estilo sin ellos, su modernidad tiene otro carácter, otra génesis, otras raíces”.
Así que esos entusiastas wannabes camuflados de esnobistas en éxtasis casi místico que descubrieron los alcances de Janáček con estas presentaciones, sintiéndose y queriendo hacernos sentir en el primer mundo, deberían más bien reconocer y sorprenderse de lo rezagado de nuestro entorno operístico que aplaude por vez primera, más de una centuria después, lo creado en otras latitudes. Y recordar, o saber, la gran verdad que Kundera señaló, también en Los testamentos traicionados:
“Hay algo desgarrador, cuando no trágico, en el hecho de que Janáček concentrase la mayor parte de sus fuerzas innovadoras precisamente en la ópera, poniéndose así a merced del público burgués más conservador que pueda imaginarse. Además, su innovación radica en una revalorización jamás vista de la palabra checa, incomprensible en el noventa y nueve por ciento de los teatros del mundo. Es difícil imaginar mayor acumulación voluntaria de obstáculos. Sus óperas son el más hermoso homenaje que jamás se haya rendido a la lengua checa. ¿Homenaje? Sí, en forma de sacrificio. Inmoló su música universal a una lengua casi desconocida”.
Y Kundera sabía de lo que hablaba. ¿Y nosotros, en México?
"...No entiendes nada. La creación es un acto, el único acto. No tienes que morirte para imaginar la muerte. No tienes que ser encarcelado para describir lo que es una prisión... Pensando esto, quise convencerme de mi propia superioridad. Me bastaba trabajar seriamente en lo mío para no envejecer ni en diez años ni en cien. Éste era el poder de la literatura...: Escritor, tira la botella al mar, ten confianza, no traiciones tu propia palabra, aunque hoy no la lea nadie, espera, desea, desea aunque no te quieran...".Carlos Fuentes
Diana o La cazadora solitaria











